Día de las lenguas muertas

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RICARDO IBARRA

Del siglo de las luces hemos pasado al siglo de las extinciones. Este naciente siglo 21 será sin duda la era del fin para tantas especies, incluso para varias formas del pensamiento y modos de convivencia. La forma de vida que los humanos hemos practicado durante el último par de siglos llevará a la vida existente en el planeta hacia una condición de sobrevivencia y caos. Algunas de las pérdidas insustituibles que tendrá la humanidad serán algunas lenguas indígenas de México y América.

Porqué. Simplemente, en este medio, Internet, tres de cada cuatro páginas están escritas en inglés, y, cuidado, el 50 por ciento de los cibernautas no tenemos a la lengua inglesa como lengua materna. O, a ver, cuántas páginas montadas en la red están escritas en alguna lengua nativa. Desconozco el dato, pero si seguimos un patrón lógico de pensamiento entenderemos que son extraños los portales que nos lleven a lecturas que no sean en español, inglés, francés.

En este caso es destacable lo que hacen algunas comunidades indígenas al intentar obtener escuelas con educación bilingüe. O el caso de Yucatán, en donde el sistema educativo ha implantado un modelo de enseñanza de la lengua maya, que según su éxito, tendrá mayor penetración en la zona sur del país.

Resulta importante la protección de las lenguas nativas. Si las perdemos, si el Estado las confina al olvido, habremos perdido formas de sentir y percibir la realidad. Por ejemplo, el quechua tiene más de 20 palabras para describir el sentimiento del amor.

El náhuatl, maya, huichol, mazateco y mixteco son algunas de principales lenguas de México que deberían incorporarse al sistema educativo mexicano, y su enseñanza en las aulas, para de esta manera preservar la diversidad lingüistica que hasta ahora ha resistido la tendencia de la homogeneización cultural.

Subsisten en México 85 lenguas y dialectos que describen al mundo según su propia cosmogonía.

Es vital para la preservación de los mitos, las culturas, costumbres y tradiciones, rescatar a las lenguas indígenas de México. De lo contrario tendremos que organizar el Día de las lenguas muertas, sólo para recordarle al Estado que no vemos ni hablamos igual sobre la hegemonía que nos pretende imponer.

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La elipsis original

RICARDO IBARRA

Tenía un sueño repetitivo. Un disco cargado de imágenes y sonidos girando en un círculo discontinuo, imperfecto –cuando era aún puberto-. Podían pasar incluso meses o años, y volvía siempre en algún momento la carga onírica a la realidad subconsciente, como si alguna corriente sanguínea o no sé qué elíptica de lo invisible pudiera volver a transmitirme la misma imagen, el momento y espacio mismo que me hiciera despertar años atrás. Pausa. Play. Pausa. Play. Hace tiempo que Morfeo no me devuelve a ese escenario irreal.

Recuerdo una sola imagen, sólo un instante y las circunstancias generales en las cuales me encontraba durante ese sueño. Era una clase ­­–de antropología quizá- y un maestro invisible -un profesor al que no le recuerdo su rostro-, dibujaba sobre el pizarrón el trance evolutivo del hombre, que inauguró Darwin, aunque éste con una última diferencia, una última pieza, el fin del círculo según este instructor descarnado: iniciaba con el chango, luego los otros; el homo erectus, y al final de la evolución, de nuevo, el hombre de las cavernas, el hombre primitivo.

Pareciera que el estado de crisis mundial ocasionado por el debilitamiento de la economía estadounidense, anunciado por casi todas las pantallas y bocinas comunicativas, ha comenzado a crear un clima enrarecido en el cual prima la incertidumbre, el desconcierto y una tendencia desnutrida, pero hambrienta de las personas por mostrar una cara oculta, resguardada en las entrañas de la raza humana: los genes primitivos de nuestra animalidad, tanto tiempo refugiados en un aparente estado de confort y bienestar, y en la falsa etapa de estabilidad y paz ilusoria que vivía la humanidad.

Toda crisis transgrede lo que hemos sido –o lo que pensamos que somos-, nos obliga a cambiar, a evolucionar. Podemos descender por la cascada inhumana a la que nos obligan nuestros genes arcaicos y sobrevivir, con o a pesar del otro. Se pueden utilizar medios agresivos y violentos para recuperar nuestra propia paz interior, y probablemente, luego, la exterior, como hacen los grupos armados de México, ocasionando más dolor, frustración y destrucción. La crisis, y por tanto la sobrevivencia, retratan al hombre en el instante de la imitación animal: las noticias de desempleo, los recortes de personal, el aumento de los precios, la inflación del dólar, la aparición de una mítica moneda única en norteamericana que ahora llaman amero, y una serie de transformaciones y desinformaciones que vivimos en nuestro entorno, despiertan en algunos una necesidad de lucha, de combatir al contrario por conquistar la supervivencia y salvar lo que hasta ahora constituyen sus rasgos más personales.

Esta situación que vivimos: en nuestras oficinas, la calle, espacios comerciales y el hogar, me motivaron a compartir ese sueño recurrente de mi temprana edad. Una evolución pausada de la humanidad, que para crecer, necesita retornar a su origen, involucionar por un instante, una pausa reflexiva a la que estamos condicionados como especie y en lo individual, para rescatar de nosotros lo mejor. Este condicionamiento es descrito por el escritor José Saramago con una excelente metáfora, claro, él para describir la epidemia de la ceguera que había llevado al desastre a la humanidad en su Ensayo sobre la ceguera… es como una flecha lanzada hacia arriba, y tras alcanzar el punto más alto en su ascenso, se detiene un momento, como suspendida en el aire, y comienza luego a describir la obligada curva de caída.

Y para la reflexión en estas recientes adversidades compartidas, unas líneas dichas por el único personaje que mantuvo la vista en la obra literaria de Saramago, que por cierto está en cartelera bajo el título de Ceguera: “Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales”.

Esa es la nueva doctrina de la catástrofe. Si se salva usted mismo, recuerde al que viaja a un lado.

Yo quiero ser…


 

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RICARDO IBARRA ÁLVAREZ

Los cuatro comparten una misma característica: estaban hasta la madre de borrachos, y fue durante ese estado de irreparable embriaguez en que se encontraban, que lograron desde su soledad, desamparo y en defensa de su persona, alcanzar la fama nacional e internacional por medio de Internet, en la ventana de Youtube, un medio que se ha convertido en un resplandeciente espejo para apreciar la cultura de los mexicanos, y claro, la de los habitantes de otros países no menos universales.

 Cibernautas y personajes de la vida real se interconectan por este medio para generar, o degenerar, lo que vemos, escuchamos, sentimos, y practicamos ­­­–quizá este el punto más lamentable­­–. El que gocemos viendo a un cuate súper ebrio con una bolsa llena de envases de Caguama y que en su enloquecimiento alcanza a decir “ni mergas”, –en vez de ni vergas–. A otro que en un estado de éxtasis, sintiéndose tan fuerte que nadie lo puede tocar, o apagar –“ni la cámara”-, y que “polea contra la gente que es mala”. Uno más, “hijo del papá del dueño de la Canaca” y al que los policías supuestamente “amarraron como puerco”. Y el cuarto, mejor dicho, la última, una conductora extraviada hasta la inconsciencia que alega con unos reporteros de televisión haber sido golpeada por otro carro, cuando en apariencia fue ella quien chocó contra un poste. Este conjunto de personalidades, junto con otros más diluidos en el sistema cibernético, más los que surgirán, son descendientes de la oportunidad mediática, del momento. Y forman con sus testimonios un circo de lo circunstancial que no ha sido analizado desde el razonamiento, como si todos los que formamos parte de este complot del entretenimiento estuviéramos igual de borrachos y nos riéramos de nuestros propios amigos al ver estos episodios de la historia de personas distantes.

Susana Rosano, una periodista argentina que recientemente impartió un curso en la Universidad de Guadalajara titulado La vida como narración. Durante su presentación expuso algo que me parece importante para entender esta mediatización o globalización de las historias de los otros. Y es que el estilo de vida contemporáneo nos ha aislado tanto que nos obliga a llenar nuestra soledad con las experiencias de aquellos que viven allá afuera y que nos transmiten emociones, si bien chuscas o divertidas, pueden ser fatales y desgraciadas. Las historias de los personajes que vemos por internet nos hacen sentir menos solos, más integrados con una red social que nos hace sentir más amplios y con más extensiones humanas. Y donde la luminiscencia de la pantalla nos hace sentir cercanos a una verdad mística, casi parecida al concepto de dios. Bien dice un amigo mío que Youtube o Google o cualquier otro buscador, se acercan más bien a la figura de una secretaria de dios: envíale la pregunta y tendrás la respuesta, si es que sabes hacer el cuestionamiento adecuado.

Youtube entró en las pantallas de las computadoras mexicanas con el video Édgar se cae, en el cual puede observarse el abuso del que es víctima un chico, cuando sus amigos lo obligan, con trampas, a caer en el agua de un río. Tanto fue la fama de este video, que una empresa de alimentos contrató a estos personajes de la vida real para realizar un comercial televisivio para promocionar el consumo de galletas entre niños de primaria y secundaria.

Estos nuevos medios son una oportunidad para que seamos lo que queramos, para que nos reinventemos, y que reformemos lo que somos y queremos ser. Son los medios que tenemos los ciudadanos del mundo.

Hay que recordar que somos también lo que vemos. Si no logramos unirnos virtualmente sin hacer burla de la ignorancia, la enajenación, el abuso, la embriaguez del otro, es porque en verdad estamos demasiado solos, y no hay nadie que en verdad nos reconforte, ni nuestra educación ni nuestros valores ni nuestra búsqueda por lograr un mundo mejor.

 

La raza ignota

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La gaceta

Cerca de la orgía de nacionalismos que el bicentenario de la Independencia ya despierta, es importante redefinir los símbolos de un país que más que escribir su historia, la sufre. La raza no es lo que los otros dicen, sino lo que se descubre de manera propia, aunque muchas veces sea terrible y atemorizante

Imagen: Orlandoto

RICARDO IBARRA

Ante la cercanía del bicentenario de la Independencia de México —y el reciente recordatorio de que somos una raza relativamente nueva en las clasificaciones humanas— es fundamental cuestionarnos qué es México, cuándo surge la raza mexicana, qué es eso del Día de la raza y cómo nos integramos al resto de América.

El Día de la raza fue un llamado que hizo España a principios del siglo pasado a los pueblos americanos para echarnos unas copas en salud de la multiplicación del germen humano —o tal vez la prolongación de la sangre española vertida en las piernas abiertas de todo un continente—, lo cierto es que fue una propuesta para conmemorar la llegada de Cristóbal Colón a una terra ignota. Sobre este día hay distintas posturas, la más radical inaugurada en Venezuela, donde el presidente Hugo Chávez transmutó el concepto para celebrar el Día de la resistencia indígena, con la intención de reinvindicar a los pueblos prehispánicos que por años quedaron relegados de las decisiones gubernamentales.

Cuando llegaron los extraños al espacio sagrado de los antiguos, además de la irresistible atracción que tuvieron por el oro, la aventura medieval y la conquista, también guardaban deseos de ganar adeptos, convertir a las bestias salvajes —considerados así por ser diferentes a ellos— en seres limpios y castos que pudieran entrar al reino de Dios, o sea, de la Iglesia católica. Fue el etnocidio. Cruz y espada para alcanzar el poder. Demagogia y estrategias militares para salvar almas. Conquistar el mundo para el señor Cristo que reina en los cielos y, si había más tierra, pues en todo lugar.

En aquella época de barbarie, los miserables advenedizos, extraídos de las mazmorras ibéricas, se convertían por medio de la violencia en gobernadores de capitanía y hasta virreyes regionales del imperio español, imponiendo la guerra por encima del diálogo y la capacidad militar por encima del razonamiento y del entendimiento. Aquellos hombres, mediante su ambición imperecedera, obtenían las líneas de la historia para volver a narrarla, el reconocimiento público para mandar y la fama universal para vivir en la eternidad.

¿Por qué un grupo de hombres se considera con derecho de conquistar a otro grupo de hombres y de someterlos a su imperio? ¿Por hambre, supervivencia o deseo de libertad? ¿O por hacer la guerra de conquista simplemente por la gloria de la batalla? Lo responde Francisco Miró Quesada. “La respuesta es obvia: porque los hombres no se reconocen entre sí como iguales. La visión originaria que tiene el hombre de sí mismo es que su humanidad se limita a su propio grupo.”

El tiempo en que vivimos es un momento inigualable para redefinir a México, concepto que nunca logró amarrarse ni con la Independencia ni la Revolución Mexicana. Replantear los principios ideológicos, jurídicos y legales de todos los mexicanos, con nuestras propias desigualdades de raza.

Es vital reescribir nuestra historia.

Para empezar, y en un ejercicio de la diversidad y multietnicidad, sería interesante realizar un cambio a la ruta de la virgen de Zapopan: antes de llegar a su basílica, podría visitar y honrar los restos de las culturas antepasadas en el Ixtépete, y de ahí, entonces sí, retornar a su morada zapopana.

Para reconquistarnos a nosotros mismos y reconquistar nuestra participación en el mundo globalizado es pertinente dejar de sentirnos marginados, todos. Ni despreciados ni desterrados de nuestra propia tierra. Es necesario ser nuevamente sujetos de nuestras oficinas, nuestras ciudades, nuestro país y continente. Volver a ser dueños de nuestras decisiones, de lo que queremos hacer con el petróleo, el narco y la migración. Una libertad personal y una libertad global del país para que seamos nosotros los que decidamos en qué modelo social queremos vivir.