La raza ignota

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La gaceta

Cerca de la orgía de nacionalismos que el bicentenario de la Independencia ya despierta, es importante redefinir los símbolos de un país que más que escribir su historia, la sufre. La raza no es lo que los otros dicen, sino lo que se descubre de manera propia, aunque muchas veces sea terrible y atemorizante

Imagen: Orlandoto

RICARDO IBARRA

Ante la cercanía del bicentenario de la Independencia de México —y el reciente recordatorio de que somos una raza relativamente nueva en las clasificaciones humanas— es fundamental cuestionarnos qué es México, cuándo surge la raza mexicana, qué es eso del Día de la raza y cómo nos integramos al resto de América.

El Día de la raza fue un llamado que hizo España a principios del siglo pasado a los pueblos americanos para echarnos unas copas en salud de la multiplicación del germen humano —o tal vez la prolongación de la sangre española vertida en las piernas abiertas de todo un continente—, lo cierto es que fue una propuesta para conmemorar la llegada de Cristóbal Colón a una terra ignota. Sobre este día hay distintas posturas, la más radical inaugurada en Venezuela, donde el presidente Hugo Chávez transmutó el concepto para celebrar el Día de la resistencia indígena, con la intención de reinvindicar a los pueblos prehispánicos que por años quedaron relegados de las decisiones gubernamentales.

Cuando llegaron los extraños al espacio sagrado de los antiguos, además de la irresistible atracción que tuvieron por el oro, la aventura medieval y la conquista, también guardaban deseos de ganar adeptos, convertir a las bestias salvajes —considerados así por ser diferentes a ellos— en seres limpios y castos que pudieran entrar al reino de Dios, o sea, de la Iglesia católica. Fue el etnocidio. Cruz y espada para alcanzar el poder. Demagogia y estrategias militares para salvar almas. Conquistar el mundo para el señor Cristo que reina en los cielos y, si había más tierra, pues en todo lugar.

En aquella época de barbarie, los miserables advenedizos, extraídos de las mazmorras ibéricas, se convertían por medio de la violencia en gobernadores de capitanía y hasta virreyes regionales del imperio español, imponiendo la guerra por encima del diálogo y la capacidad militar por encima del razonamiento y del entendimiento. Aquellos hombres, mediante su ambición imperecedera, obtenían las líneas de la historia para volver a narrarla, el reconocimiento público para mandar y la fama universal para vivir en la eternidad.

¿Por qué un grupo de hombres se considera con derecho de conquistar a otro grupo de hombres y de someterlos a su imperio? ¿Por hambre, supervivencia o deseo de libertad? ¿O por hacer la guerra de conquista simplemente por la gloria de la batalla? Lo responde Francisco Miró Quesada. “La respuesta es obvia: porque los hombres no se reconocen entre sí como iguales. La visión originaria que tiene el hombre de sí mismo es que su humanidad se limita a su propio grupo.”

El tiempo en que vivimos es un momento inigualable para redefinir a México, concepto que nunca logró amarrarse ni con la Independencia ni la Revolución Mexicana. Replantear los principios ideológicos, jurídicos y legales de todos los mexicanos, con nuestras propias desigualdades de raza.

Es vital reescribir nuestra historia.

Para empezar, y en un ejercicio de la diversidad y multietnicidad, sería interesante realizar un cambio a la ruta de la virgen de Zapopan: antes de llegar a su basílica, podría visitar y honrar los restos de las culturas antepasadas en el Ixtépete, y de ahí, entonces sí, retornar a su morada zapopana.

Para reconquistarnos a nosotros mismos y reconquistar nuestra participación en el mundo globalizado es pertinente dejar de sentirnos marginados, todos. Ni despreciados ni desterrados de nuestra propia tierra. Es necesario ser nuevamente sujetos de nuestras oficinas, nuestras ciudades, nuestro país y continente. Volver a ser dueños de nuestras decisiones, de lo que queremos hacer con el petróleo, el narco y la migración. Una libertad personal y una libertad global del país para que seamos nosotros los que decidamos en qué modelo social queremos vivir.

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