La elipsis original

RICARDO IBARRA

Tenía un sueño repetitivo. Un disco cargado de imágenes y sonidos girando en un círculo discontinuo, imperfecto –cuando era aún puberto-. Podían pasar incluso meses o años, y volvía siempre en algún momento la carga onírica a la realidad subconsciente, como si alguna corriente sanguínea o no sé qué elíptica de lo invisible pudiera volver a transmitirme la misma imagen, el momento y espacio mismo que me hiciera despertar años atrás. Pausa. Play. Pausa. Play. Hace tiempo que Morfeo no me devuelve a ese escenario irreal.

Recuerdo una sola imagen, sólo un instante y las circunstancias generales en las cuales me encontraba durante ese sueño. Era una clase ­­–de antropología quizá- y un maestro invisible -un profesor al que no le recuerdo su rostro-, dibujaba sobre el pizarrón el trance evolutivo del hombre, que inauguró Darwin, aunque éste con una última diferencia, una última pieza, el fin del círculo según este instructor descarnado: iniciaba con el chango, luego los otros; el homo erectus, y al final de la evolución, de nuevo, el hombre de las cavernas, el hombre primitivo.

Pareciera que el estado de crisis mundial ocasionado por el debilitamiento de la economía estadounidense, anunciado por casi todas las pantallas y bocinas comunicativas, ha comenzado a crear un clima enrarecido en el cual prima la incertidumbre, el desconcierto y una tendencia desnutrida, pero hambrienta de las personas por mostrar una cara oculta, resguardada en las entrañas de la raza humana: los genes primitivos de nuestra animalidad, tanto tiempo refugiados en un aparente estado de confort y bienestar, y en la falsa etapa de estabilidad y paz ilusoria que vivía la humanidad.

Toda crisis transgrede lo que hemos sido –o lo que pensamos que somos-, nos obliga a cambiar, a evolucionar. Podemos descender por la cascada inhumana a la que nos obligan nuestros genes arcaicos y sobrevivir, con o a pesar del otro. Se pueden utilizar medios agresivos y violentos para recuperar nuestra propia paz interior, y probablemente, luego, la exterior, como hacen los grupos armados de México, ocasionando más dolor, frustración y destrucción. La crisis, y por tanto la sobrevivencia, retratan al hombre en el instante de la imitación animal: las noticias de desempleo, los recortes de personal, el aumento de los precios, la inflación del dólar, la aparición de una mítica moneda única en norteamericana que ahora llaman amero, y una serie de transformaciones y desinformaciones que vivimos en nuestro entorno, despiertan en algunos una necesidad de lucha, de combatir al contrario por conquistar la supervivencia y salvar lo que hasta ahora constituyen sus rasgos más personales.

Esta situación que vivimos: en nuestras oficinas, la calle, espacios comerciales y el hogar, me motivaron a compartir ese sueño recurrente de mi temprana edad. Una evolución pausada de la humanidad, que para crecer, necesita retornar a su origen, involucionar por un instante, una pausa reflexiva a la que estamos condicionados como especie y en lo individual, para rescatar de nosotros lo mejor. Este condicionamiento es descrito por el escritor José Saramago con una excelente metáfora, claro, él para describir la epidemia de la ceguera que había llevado al desastre a la humanidad en su Ensayo sobre la ceguera… es como una flecha lanzada hacia arriba, y tras alcanzar el punto más alto en su ascenso, se detiene un momento, como suspendida en el aire, y comienza luego a describir la obligada curva de caída.

Y para la reflexión en estas recientes adversidades compartidas, unas líneas dichas por el único personaje que mantuvo la vista en la obra literaria de Saramago, que por cierto está en cartelera bajo el título de Ceguera: “Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales”.

Esa es la nueva doctrina de la catástrofe. Si se salva usted mismo, recuerde al que viaja a un lado.

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