Detienen vecinos proyecto Nueva Vida

Ricardo Ibarra

El gobierno federal lanzó en 2007 un programa nacional para prevenir las adicciones al humo, el alcohol, las drogas. La administración de Felipe Calderón pidió levantar 320 centros “Nueva Vida” en toda la república mexicana. Son 21 para Jalisco, 2 para Guadalajara. En el fraccionamiento 18 de marzo no quieren saber nada del programa. Ayer (16 de febrero) por la mañana los vecinos de este lugar detuvieron el trabajo de un grupo de albañiles que abría los cimientos del edificio. Alzaron cartulinas, formaron una valla humana entorno al terreno, cuestionaron, gritaron. ¡No!, era el discurso colectivo.

Llegaron a la manifestación dos defensores del proyecto calderonista: Ramón López Ramos, coordinador de un centro “Nueva Vida” en Tonalá, y la regidora panista del ayuntamiento de Guadalajara, Laura Patricia Cortés Sahagún. Ninguno convenció a las decenas de mujeres que asistieron. Tampoco a la minoría masculina.

Preguntó la regidora, disminuída dentro de un círculo de personas molestas y alteradas: ” A ver señoras: “¿no quieren un lugar para prevenir a sus hijos del consumo de drogas?”. ¡No! recibió al unísono del grupo de mujeres que ayer eran una sola. Y siguió la bola: “¡Acaben mejor con el narcotráfico!”, “¡Señora!, en las elecciones nos vemos”. Risas burlonas. “Ya no votamos por el PAN”.

Los vecinos del fraccionamiento muestran su defensa. Es un acta expedida por el ayuntamiento de Guadalajara en 1971. Y dice: “en el subsuelo existe construído un acueducto”… “por tal razón no es posible autorizar construcción a ese respecto, y en este caso el ayuntamiento debe conservarlas para destinarlas a áreas verdes”.

El terreno en disputa está ubicado en la esquina que forman la avenida Miguel López de Legazpi y Jiménez de Quezada. Es un espacio amplio. Bajo la sombra, los albañiles observan al gentío, inmovilizados. Hay al fondo una manta con un NO en letras rojas y mayúsculas. Es un NO al centro de rehabiltación, un NO porque no fueron consultados, un NO al gobernador del estado Emilio González Márquez y al alcalde de Guadalajara, Alfonso Petersen Farah. Es también un NO a la impunidad. Sobre la superficie del terreno es notable cómo los constructores taparon unos cimientos previamente abiertos. “Nos dijeron que se cambiaba de lugar el edificio”, dice uno de los albañiles, “tuvimos que taparlos”. Y sobre una de las bardas libres se puede leer el nombre de un precandidato del PAN a la alcaldía de la ciudad.

En lugar de “Nueva vida”, los vecinos piden un lugar con áreas verdes y juegos infantiles, y si se puede, una cancha de futbol rápido para los niños y adolescentes que solían jugar en esta zona, ahora cubierta de piedras, arena de río, palas.

Ramón López Ramos intenta vender la bondad de un programa de prevención. A Laura Patricia Cortés ni la dejan hablar. Sí le permitieron una llamada. Desde su teléfono móvil busca a alguien. Logra una cita: Hoy (17 de febrero) a las 12 del día tienen se reúnen tres representantes del fraccionamiento, la regidora, y Guillermo Amalio Orellana Alonso, director general de Administración de la Secretaría de Salud Jalisco.

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La vida empeñada

Pasados los gastos de fin de año y ante el impacto de la crisis económica en el país, las casas de empeño arrancaron 2009 con más actividad que otros años; la Condusef recomienda cautela.

Ricardo Ibarra

Foto: Giorgio Viera

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Valuador varios, dice el letrero de la ventanilla. Frente a ella, hay una fila que parece interminable. La llegada de gente es intermitente, pero continua. En esta área el personal del Nacional Monte de Piedad valora el precio de toda clase de artilugios que trae consigo una innumerable multitud de personas apuradas por obtener algunos pesos a cambio de sus pertenencias.

La calzada Independencia y el cruce de la avenida La Paz es ruidosa. Hay tantos carros afuera como individuos hay adentro del Monte de Piedad con necesidad de dinero. En el lugar, última esperanza para algunos de acceder al dinero en efectivo, nadie parece querer ser reconocido. La gente casi no habla, ni se saluda ni voltea a ver; ningún “buenos días”, “hola, cómo estás”. La cabeza está fija hacia delante, hacia el frente de la fila, esperando la respuesta del valuador que diga cuántos billetes va a soltar por las cosas que salieron de casa para ayudar a sobrevivir la ciudad, la casa, la familia, la vida.

Llama la atención que muchas personas traen herramientas de trabajo, las que se supone son su vía para obtener el sustento. Esto habla de que para muchos la crisis está de verdad grave.

Es una realidad desesperante.

Al preguntar a una mujer de unos 30 años si es su primera vez en el Monte de Piedad, no contesta. Sonríe nerviosa, nada más. Trae bajo el brazo un reproductor de DVD.

Delante de ella hay un señor que cuando llega a la ventanilla, tira tres veces su credencial de elector, aparentemente nervioso. Coloca sobre el mostrador un acordeón bien pulido, que parece tan nuevo que el azul aguamarina del instrumento musical parece tener el movimiento del mar, cuando la chica detrás de la ventanilla, dentro del pequeño cuarto, estira y repliega las cajas laterales produciendo un sonido desproporcionado, desafinado.

Es una escena sin armonía: el hombre con el cabello entrecano, la barba de una semana, camisa azul afuera del pantalón, abandona la música. No más norteñas por un rato.

La fila sigue. Llegan dos mujeres maduras con una pequeña niña. Cargan una gran televisión entre ambas. La dejan sobre una mesa y aprovechan para sacudirle el polvo con un trapo. La chica detrás de la ventana sale del cuarto, revisa el aparato, lo enciende, lo apaga.

— ¿Cuánto le dieron por su televisión, si no es indiscreción?

—450 pesos. ¿Tú crees? ¡Es de 25 pulgadas! —contesta una, como reclamando—.

En esta época del año, tras los gastos navideños, la cuesta de enero, Reyes, la Candelaria, el desempleo, la gente busca recuperar algo de crédito con el empeño de algunos bienes. Algunos los recuperan, otros no, pues después de cinco o 17 meses (en el caso de alhajas), si no se reintegra el dinero recibido, el producto empeñado pasa a ser propiedad del Monte de Piedad, donde cualquiera puede ingresar a su tienda a comprarlo. Cada mes implica 4 por ciento de interés sobre el monto prestado, más un costo de almacenaje. Muchos prefieren perder sus cosas.

Con sus matices, la escena se repite en otros lugares.

Israel Enciso lleva dos meses sin obtener empleo. Es obrero. Tiene prisa. En unos minutos tendrá una entrevista de trabajo. Ha visitado más de diez empresas, asegura, ninguna lo contrata. En compañía de dos de sus hermanas fue a empeñar una cadena de oro. Le dieron 140 pesos, diez por cada quilate. Con lo que recibió en Empeños Económicos Nacionales, un establecimiento justo frente al Monte de Piedad, alcanza a subsistir una quincena, dice. Planea recuperar su alhaja en un mes, si obtiene empleo.

Pero no la va a tener fácil. El INEGI recién reportó que en diciembre la tasa de desocupación en el país fue de 4.71 por ciento de la población económicamente activa, casi un punto porcentual por arriba que la de un año antes y una de las más altas en los pasados ocho años.

La cifra parece más elevada al ver llegar a más personas a la fila, tantas y tan diferentes como los objetos que cargan: una guitarra acústica, una máquina de coser, otra televisión, un compresor de aire, un taladro, un esmeril, una computadora, un minicomponente, un bajo…

Esta peregrinación es un fenómeno que no se circunscribe a Guadalajara. Gerentes de distintas sucursales del Monte de Piedad y casas de empeño han reportado, al igual que en la ciudad, un incremento con respecto al año pasado de entre 10 y 40 por ciento en el número de pignorantes que acuden a empeñar sus cosas en el país.

Prendamex es ejemplo de ello. En la llamada “cuesta de enero”, la franquicia nacional de casas de empeño privadas informó que vio incrementar la demanda de préstamos entre 10 y 15 por ciento y este año calcula prestar poco más de 1,500 millones de pesos a alrededor de dos millones de clientes en todo el país. Pero no todo es miel sobre hojuelas, según aceptó Roberto Alor, director general de la empresa, quien en una rueda de prensa brindada a finales de enero comentó que su porcentaje de cartera vencida se duplicó al iniciar este año, pues creció 15 puntos porcentuales para llegar a 30 por ciento (Público, 22 de enero de 2009).

Recuperar lo empeñado no es algo que por el momento parezca prioritario para quienes mantienen viva la fila en el Monte de Piedad. Ya se preocuparán de ello cuando se acerque la fecha de vencimiento de la boleta. Ahora, lo más importante es obtener algo de dinero, lo más posible, para sobrevivir el arranque del año y con esa esperanza siguen desfilando frente a la ventanilla de Valuador varios una guitarra, micrófonos, una videocámara, un telescopio… Todo lo que tenga valor y que no se note tanto su ausencia en la casa.

El panorama

La Asociación Nacional de Casas de Empeño (Anace) estima que en el país hay unos cinco mil establecimientos de este tipo

Con 152 sucursales en operación, el Nacional Monte de Piedad es la mayor de las instituciones de asistencia pública en México, que este año prevé realizar 24 millones de operaciones prendarias, dos millones más que en 2008, y prestar alrededor de 19 mil millones de pesos

Cada día acuden por lo menos 30 mil personas a empeñar algo al Monte de Piedad y del total de artículos dejados en prenda, 97 por ciento corresponde a joyas o relojes, para cuya recuperación otorga un plazo de hasta 17 meses, mientras que da cinco meses para artículos varios. La tasa de interés mensual es de alrededor de 4 por ciento

Según la Anace, la mayoría de las personas que recurren a un préstamo prendario son miembros de familias con ingresos mensuales menores a ocho mil pesos (40 por ciento de la población mexicana) y seis de cada diez pignorantes son mujeres de entre 25 y 45 años que, principalmente, acuden a las casas de empeño para atender urgencias de salud, pago de escuelas, saldar deudas personales o completar el gasto de la semana

Fuente: Nacional Monte de Piedad y Anace

Hay otras opciones: Condusef

La Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros de México (Condusef), recomienda solicitar un préstamo o crédito sólo en casos de auténticas emergencias, pues el interés en algunas de las casas de empeño puede ir desde 48 por ciento, como es el caso del Monte de Piedad, hasta 159 por ciento anual.

La institución también aconseja que antes de ir a una casa de empeño se solicite un préstamo a algún amigo, familiar o, si se cuenta con un trabajo estable, un anticipo de nómina.

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Viaje entre santos, hasta el reino de la Caguama

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En el oriente de la ciudad de Guadalajara los parques pueden ser contrastantes: el de  San Jacinto representa el orden;  San Pancho, marginado en los límites de Guadalajara, es el espacio del caos

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Foto: Luz Vázquez

Ricardo Ibarra

Oriente de Guadalajara. Acá lo único que asciende en vertical son los edificios departamentales donde se resguardan las familias de los trabajadores. O las iglesias religiosas, donde los brazos que operan las máquinas se alzan en alabanza a algún dios. Es domingo de Vía Recreactiva. Las bicicletas van y vienen por esa superficie horizontal y democrática que es la calle; aunque este fin de semana la afluencia es menor, seguramente por el “puente”. Y es mucho menor la cantidad de personas que participan en esta ceremonia deportiva dominical después de cruzar la calzada Independencia rumbo a Tetlán.
“Mi patrón es puñalón”, dice en letras rojas la camiseta de un hombre de unos 40 años. El oriente es una zona donde habitan los operadores de las fábricas, en esta época, quizá, donde más desmpleados haya, tal vez también más frustración.
En esta zona hay dos parques con nombre de santo pero que son como el cielo y el infierno:  el San Jacinto, recién inaugurado el año pasado por el presidente de la república Felipe Calederón Hinojosa, con instalaciones modernas, canchas deportivas para niños, jóvenes, adultos, y con seguridad policiaca permanente. El otro: San Pancho, localizado al final de la Vía, y al final también de la ruta del Tren Eléctrico Urbano, en Tetlán. En este jardín del polvo no se pararía ningún presidente, ni de colonia probablemente. En este sitio, dominado por hombres maduros, son necesarios unos puños fuertes para ser alguien. Se requieren los puños para sostener con fuerza la cadena amarrada a los cuellos gruesos de los perros pit bull que los domingos arrastran a sus amos por las calles, gimiendo y babeando. Para esconder en el hueco de la mano la estopa con tiner, capaz de diluir la conciencia al mínimo. Para abofetear la pelota y hacerla rebotar lo más lejos posible del frontón. Para amenazar a un compañero del equipo de futbol y obligarlo al miedo.
La avenida Javier Mina interconecta ambos lugares, separados por menos de 20 cuadras.
El parque San Jacinto es un modelo ejemplar para la convivencia familiar, con una distribución de áreas verdes, concreto y arena. Tiene su propia ciclovía y pista de caminata de medio kilómetro de longitud, juegos infantiles, canchas de futbol rápido, voleibol, básquetbol (para adultos y niños), incluso un “espejo de agua” con puente para cruzarlo, y un techo alto que evita los demasiados calores. A Norma Rodríguez le gusta el espacio. Luego de dejar a su hijo en la escuela primaria arriba por las mañanas para ejercitarse en la pista. La encuentro sentada en una de las bancas. Espera a su hijo que recién se inscribió ahí mismo en el Programa nacional de activación física que promueve el gobierno federal en el país. “Es cómodo aquí porque está cerca y puede venir toda la familia, desde los grandes a los chicos”. Y además, tiene buena iluminación nocturna, dice.
El lugar parece un éxito. Está llenísimo. Todas las canchas son ocupadas, los juegos, las pistas. Hay tanto ruido de gente que grita, niños que corren, perros que ladran a las pelotas, a las ruedas de las bicletas, a los de patineta. Todo a la vez. Está claro que con instalaciones suficientes y en buen estado de conservación, las personas buscan alguna actividad saludable.
Sigo mi plan. Pedaleo hasta el final de la Vía, media cuadra antes de la estación Tetlán del tren ligero, doy vuelta a la izquierda por Mercedes Celís. Es el extremo oriente de Guadalajara, casi en los límtes, junto a Tonalá. Ahí está la Unidad Deportiva No. 4, mejor conocida como San Pancho, es un parque de polvo y más polvo. Parece el reino de la Caguama, un gobierno de hombres fuertes, tatuados, de bigote grueso, quemados por el sol, rolándose un pomo de alcohol, apostando por el cartón de cerveza, discutiendo tonterías, provocando la pelea, agresores con la palabra y de movimientos ágiles. A diferencia de San Jacinto, acá sólo ubico una familia: bajo una sombra, pero con luz suficiente, una mujer expurga de piojos a una niña, mientras un padre le grita a una menor “¡ya te diste en la madre, verdad, cabrona!”.
En las canchas de frontón, los gladiadores sudorosos de la pelota golpean el hule como profesionales, con toda su energía. Se notan rápidos, precisos, coordinados. Sólo utilizan el puño cerrado, como en los campos de la cárcel. Un niño con notable retraso mental es el recoge bolas. No sé si los rasgos del síndrome de down son más exagerados porque esté drogado. Junto a mí, recargado en el alambrado que circunda la Unidad, un joven me voltea a ver con los ojos hundidos en una dimensión desconocida, boquiabierto, babeando, como rabioso. Ahí mismo está un hombre moreno de barbas canosas, delgado, parece un yogui, inhala tiner desde la cavidad de su mano, grita al que sea desde que llega.
Rodeo la Unidad en mi bicicleta. En una esquina distingo a un grupo de hombres de aspecto cholo: camiseta blanca, pantalones caqui, pelones, tomando Caguama. Son varios.
¿Y los niños? Hay algunos metidos en la fosa del futbol rápido, todo lleno de graffiti.
Es probable que este parque San Pancho haya sido inaugurado por algún alcalde rodeado por pasto y árboles. Habría que ver por cuanto tiempo mantiene el ayuntamiento de Guadalajara limpio y ordenado el parque San Jacinto.

(Crónica impresa en el periódico Público / Milenio)