Viaje entre santos, hasta el reino de la Caguama

(Haz clic para ver nota impresa en Público)

En el oriente de la ciudad de Guadalajara los parques pueden ser contrastantes: el de  San Jacinto representa el orden;  San Pancho, marginado en los límites de Guadalajara, es el espacio del caos

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Foto: Luz Vázquez

Ricardo Ibarra

Oriente de Guadalajara. Acá lo único que asciende en vertical son los edificios departamentales donde se resguardan las familias de los trabajadores. O las iglesias religiosas, donde los brazos que operan las máquinas se alzan en alabanza a algún dios. Es domingo de Vía Recreactiva. Las bicicletas van y vienen por esa superficie horizontal y democrática que es la calle; aunque este fin de semana la afluencia es menor, seguramente por el “puente”. Y es mucho menor la cantidad de personas que participan en esta ceremonia deportiva dominical después de cruzar la calzada Independencia rumbo a Tetlán.
“Mi patrón es puñalón”, dice en letras rojas la camiseta de un hombre de unos 40 años. El oriente es una zona donde habitan los operadores de las fábricas, en esta época, quizá, donde más desmpleados haya, tal vez también más frustración.
En esta zona hay dos parques con nombre de santo pero que son como el cielo y el infierno:  el San Jacinto, recién inaugurado el año pasado por el presidente de la república Felipe Calederón Hinojosa, con instalaciones modernas, canchas deportivas para niños, jóvenes, adultos, y con seguridad policiaca permanente. El otro: San Pancho, localizado al final de la Vía, y al final también de la ruta del Tren Eléctrico Urbano, en Tetlán. En este jardín del polvo no se pararía ningún presidente, ni de colonia probablemente. En este sitio, dominado por hombres maduros, son necesarios unos puños fuertes para ser alguien. Se requieren los puños para sostener con fuerza la cadena amarrada a los cuellos gruesos de los perros pit bull que los domingos arrastran a sus amos por las calles, gimiendo y babeando. Para esconder en el hueco de la mano la estopa con tiner, capaz de diluir la conciencia al mínimo. Para abofetear la pelota y hacerla rebotar lo más lejos posible del frontón. Para amenazar a un compañero del equipo de futbol y obligarlo al miedo.
La avenida Javier Mina interconecta ambos lugares, separados por menos de 20 cuadras.
El parque San Jacinto es un modelo ejemplar para la convivencia familiar, con una distribución de áreas verdes, concreto y arena. Tiene su propia ciclovía y pista de caminata de medio kilómetro de longitud, juegos infantiles, canchas de futbol rápido, voleibol, básquetbol (para adultos y niños), incluso un “espejo de agua” con puente para cruzarlo, y un techo alto que evita los demasiados calores. A Norma Rodríguez le gusta el espacio. Luego de dejar a su hijo en la escuela primaria arriba por las mañanas para ejercitarse en la pista. La encuentro sentada en una de las bancas. Espera a su hijo que recién se inscribió ahí mismo en el Programa nacional de activación física que promueve el gobierno federal en el país. “Es cómodo aquí porque está cerca y puede venir toda la familia, desde los grandes a los chicos”. Y además, tiene buena iluminación nocturna, dice.
El lugar parece un éxito. Está llenísimo. Todas las canchas son ocupadas, los juegos, las pistas. Hay tanto ruido de gente que grita, niños que corren, perros que ladran a las pelotas, a las ruedas de las bicletas, a los de patineta. Todo a la vez. Está claro que con instalaciones suficientes y en buen estado de conservación, las personas buscan alguna actividad saludable.
Sigo mi plan. Pedaleo hasta el final de la Vía, media cuadra antes de la estación Tetlán del tren ligero, doy vuelta a la izquierda por Mercedes Celís. Es el extremo oriente de Guadalajara, casi en los límtes, junto a Tonalá. Ahí está la Unidad Deportiva No. 4, mejor conocida como San Pancho, es un parque de polvo y más polvo. Parece el reino de la Caguama, un gobierno de hombres fuertes, tatuados, de bigote grueso, quemados por el sol, rolándose un pomo de alcohol, apostando por el cartón de cerveza, discutiendo tonterías, provocando la pelea, agresores con la palabra y de movimientos ágiles. A diferencia de San Jacinto, acá sólo ubico una familia: bajo una sombra, pero con luz suficiente, una mujer expurga de piojos a una niña, mientras un padre le grita a una menor “¡ya te diste en la madre, verdad, cabrona!”.
En las canchas de frontón, los gladiadores sudorosos de la pelota golpean el hule como profesionales, con toda su energía. Se notan rápidos, precisos, coordinados. Sólo utilizan el puño cerrado, como en los campos de la cárcel. Un niño con notable retraso mental es el recoge bolas. No sé si los rasgos del síndrome de down son más exagerados porque esté drogado. Junto a mí, recargado en el alambrado que circunda la Unidad, un joven me voltea a ver con los ojos hundidos en una dimensión desconocida, boquiabierto, babeando, como rabioso. Ahí mismo está un hombre moreno de barbas canosas, delgado, parece un yogui, inhala tiner desde la cavidad de su mano, grita al que sea desde que llega.
Rodeo la Unidad en mi bicicleta. En una esquina distingo a un grupo de hombres de aspecto cholo: camiseta blanca, pantalones caqui, pelones, tomando Caguama. Son varios.
¿Y los niños? Hay algunos metidos en la fosa del futbol rápido, todo lleno de graffiti.
Es probable que este parque San Pancho haya sido inaugurado por algún alcalde rodeado por pasto y árboles. Habría que ver por cuanto tiempo mantiene el ayuntamiento de Guadalajara limpio y ordenado el parque San Jacinto.

(Crónica impresa en el periódico Público / Milenio)

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