Sueño con el miedo

Nos detuvimos frente a un semáforo con la luz redonda encendida en rojo. Metí el freno. Con las manos sobre el volante. La mirada fija hacia adelante. Devorando mis pensamientos uno tras otro, guiándolos por el cauce de mis insatisfacciones hacia una cascada que siempre precipitaba en nada, en una laguna revuelta que yo creía disimular con una postura seria y quieta.
Es que ustedes están programados, me dijo mi acompañante desde el asiento del copiloto. Tienen un entrenamiento para obedecer órdenes. Es la fundación del miedo. Tus padres crecieron con el miedo de desobedecer a sus padres porque ellos mismos tenían miedo de transgredir a tus abuelos, quienes a su vez padecían el temor de provocar la ira del amo, del patrón. “Mande”, decían siempre. Y te obligaban a ti a responder de la misma manera que lo hacían tus tatarabuelos esclavos. Es la constante espiral del miedo. El miedo se mama. Alimentan con ello a sus hijos las madres. Y no le permiten al hijo desarrollarse pleno de sus facultades emocionales, psíquicas y físicas, porque todo es un atentado al sistema, al control que hay que obedecer, porque ofendes a Dios, porque va contra las leyes de la Iglesia, va contra tu patrón que te emplea para que sobrevivas.
Siempre es la sumisión, el sometimiento de la voluntad del otro, por otro, que se considera mayor y por tanto dicta las órdenes porque se supone en la jerarquía elevada en el primer nivel de la pirámide, aunque sea su personalidad tan diminuta como una rata, esclavizándote y esclavizando a otros como tú.
Tú crees que eres dueño de tu vida. Crees que te perteneces, pero tuyo es nada. Son de él, le perteneces al sistema que te parió, a la electricidad que has mamado desde el vientre, a la combustión de los placeres de tus padres. Eres de ellos. Debes tu auto, tus muebles, tu casa, te consumes en tus vicios, tus cigarros, tu licor, y crees que eres libre, porque eliges destruirte.
Al hombre de hoy le enseñan a destruir y destruirse en el camino, mientras llega al lugar de poder donde elige las reglas para corromper y destruir a los otros.
Esas personas, las del poder, hablan de nosotros como si realmente les importáramos, como si realmente dedicaran sus vidas, su voluntad y oficio por que tú tengas una vida mejor. Es mentira. Ellos velan sus propios intereses. Mientras tú te ahorras los pesos que guardas en tu bolsa para gastarlo en el transporte público que te llevará a ningún lado, ellos están pensando en obtener más. Y es su juego. Decirte lo que quieres escuchar, hacerte ver, soñar fantasear con un mundo que existe solo en tu cabeza. Es una ilusión. Todo es una ilusión. ¿No te has dado cuenta? Y qué haces tú, te da lo mismo, porque al igual que ellos te vale madre lo que le pase a los demás, y que se pudra el mundo mientras tú estés encima de la montaña de tu corteza cerebral viendo como el fuego consume las ciudades.
Y qué importa el mundo, el planeta, la gente, la vida natural. Por mí que reviente desde sus entrañas más profundas. ¿No? Eso piensas. Lo piensas porque el sistema te educo para que pensaras así. No te enseñé eso el buen gobierno o el buen ejercicio del poder, porque eso aquí en México es una falacia. Aquí y en otro cientos de naciones. O acaso crees que México es el único, y que tú eres el único con este tipo de cuestionamientos.
El país está podrido, el mundo está podrido porque la humanidad lo está y porque no hay una plataforma educativa que lo mejore. Lo único que enseñan los imperios de hoy es que trabajes y que te endeudes para que ellos sigan libres mientras te amarran con cadenas crediticias y te diseminan los testículos con sus hermosos rostros laqueados y sus gemidos de puta vacía que admiras por televisión.
Todo lo que te han hecho creer es mentira. Las ropas que usas, el auto que tienes, el título que colgará de la pared de la casa de tus padres, la cerveza que bebes, el humo que inhalas, la mujer a la que le violas el espíritu, todo, mentira.
Eres rebelde porque es tu momento de serlo. La rebeldía es lo único auténtico de la juventud. Es lo que forja tu espíritu. El ir en contra del sistema. Desobedecer. Romper los círculos de la costumbre. Es el único momento en que flotas y te conviertes estrella de tu propio destino, de tu propia fatalidad y resurrección.
Siga. La luz parpadeó con su vistosa cara verde. Indicándome el camino hacia adelante. En automático, reaccioné con el entrón de la primera velocidad.

Ricardo Ibarra

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