Policías al ataque en Oakland

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El Mensajero

La Opinión

Ricardo Ibarra

OAKLAND.— Un joven afroamericano fue baleado por la espalda mientras estaba esposado y sometido con el rostro en el suelo. Era Oscar Grant, 22 años. Murió después del “arresto”.

Eso no es noticia ahora. Ocurrió el 1 de enero de 2009 en la estaciónFruitvale del sistema de transporte púplico BART, en Oakland. Johannes Mehserlefue su victimario. Blanco, de 28 años. Portaba placa y uniforme de policía ese día. El pasado viernes 5 de noviembre fue sentenciado a dos años de prisión por “homicidio involuntario”, según el juez Robert J. Perry en Los Ángeles.

Mehserle obtuvo con esto la sentencia mínima, de hasta 14 años que pudo recibir como condena. Según la defensa, sus manos no encontraron diferencias entre la pistola y el arma de descargas eléctricas. Pero tampoco eso es novedad.

El veredicto no sorprendió a varios de los que asistieron al homenaje en memoria de Oscar Grant, la misma tarde de la decisión judicial en la plaza Frank Ogawa, entre las avenidas Broadway y 14. “Me enoja, pero tampoco me sorprende”, era la declaración constante en el micrófono que hasta las 6:00 p.m. ayudó a liberar enérgicos discursos contra “el sistema”, la policía, el capitalismo y la falsa justicia de la land of the free. Hubo también palabras que evocaron al socialismo, a Martin Luther King, los Black Panthers, a la organización, la educación y la formación de nuevos líderes comunitarios.

La plaza fue el escenario para la expresión pacífica y artística. Todos eran el espíritu de Oscar Grant. Manifestado en verseadas frases raperas, trazos de acrílico sobre maderas, coloridos aerosoles dispersos en mantas y, por supuesto, la oratoria en forma de poemas memorizados y gestos improvisados.

Antes de las 6:00 p.m. Antes de que cayera el sol y la falta de electricidad dejara afónicos a los amplificadores, Cat Brooks, co presidenta del comité organizacional ONYX, llamó a la audiencia a despedir por última vez a los suspuestos espías que vigilaban atentos la manifestación, escondidos en los edificios alrededor de la plaza. “Pero esta vez”, dijo, “hagámoslo así”, señaló con el dedo índice que paseó por los cuatro rumbos acompañado por los otros dedos de unas 300 personas presentes.

En este punto los locales comerciales que mantenían sus puertas abiertas cerraron. Otros continuaron sellados desde el mediodía con capas de triplay en los aparadores., como el Foot Locker, el mismo que fue ultrajado en la pasada manifestación del 8 de julio o como la comandancia policiaca de la zona.

Helicópteros de la policía de Oakland emitían el avispeo de sus hélices desde el cielo del atardecer. Brooks hizo repetir a la multitud sus propias palabras respondidas en coro por las minorías de Estados Unidos —afroamericanos y latinos, principalmente, aunque también había uno que otro asiático y anglosajón—: “Juro dejar este mitin. Regresar a mi comunidad. Educarme. Organizarme. Empoderarme. Y luchar. Lo haré. ¡Lucharé!”.

Minutos antes, Cat Brooks había comentado a El Mensajero que la comunidad estaba furiosa por la resolución dictada a Mehserle, que era “como un manotazo a un niño”. Aún así manifestó que la comunidad afroamericana no podía perder más de sus miembros. “No queremos ni balaceados ni encarcelados. No podemos darnos ese lujo en este momento”.

Eso estaba por verse. Como en la noche todos los gatos son pardos, el arribo de la oscuridad desmanteló otra manera de expresión social: la ocupación callejera.

La marcha

“No hay justicia, no hay paz”, fue otra de las oraciones favoritas de la tarde y noche. Eso mismo ocurrió en Oakland cuando la energía desvocada de los jóvenes se diseminó por las oscuras calles de la ciudad al ritmo del hip hop que salía disparado por estéreos portátiles.

El polvorín reventó ahí mismo en el entrecruce de la 14 y Broadway. Un par de sombras con capuchas en la cara trepó al toldo de un coche varado entre el gentío. Saltaron encima abollando el capote. “No hay justicia, no hay paz”, repetía la concurrencia. Algunos con altavoces. Los elementos policiacos, preparados con tolete, escudos, rodilleras y cascos desde horas antes, contemplaban el espectáculo. Nada hicieron. Tenían su plan.

Cuando parecía que la nutrida caravana no tenía a dónde tirar, por el bloqueo de los antimotines, logró finalmente avanzar por la calle 14 rumbo al sureste. Pero esa era la estrategia de los azules. Con presencia en distintos puntos y las indicaciones desde los helicópteros, obligaron a la marcha a seguir una sola dirección: la 10 y la 3. Con barricadas policiacas por delante y por detrás, el convoy no podía permanecer quieto en esa área abandonada. Parecía que el festín terminaba ahí, pero quienes conducían el avance cargaron hacia el lago Merritt, no sin antes derrumbar algunos alambrados privados. La intención de los que marchaban era llegar al sitio donde todo comenzó: la estación de Fruitvale.

En esta desviación la flota quedó disminuida. Una parte no entró a los terrenos del lago Merritt. Otros más fueron quedando rezagados en la medida que avanzaba la vanguardia. Los cercos policiacos asentados en cada cuadra iban cerrando el paso a los que quedaban atrás. Ocurrían las primeras detenciones de la noche.

Cuando la marcha llegó a un vecindario ubicado entre la 17 y la 6, el colectivo original había sido reducido a unos cincuenta. Para entonces, algunos de los que se manifestaron con violencia en lugar de cánticos, habían destrozado los cristales de un autobús del MUNI y dejado al paso de la marcha carrocerías abolladas y parabrisas hechos pedazos.

Un hombre salió a reclamar los súbitos golpes que recibió su automóvil, pero en cuanto vio las cámaras de televisión enfocándole, unió las manos en señal de una paz budista con la que fingía una falsa resignación a los valores materiales. Con ojos encendidos gritó: “¡Qué carajos les pasa. De qué se trata esto; destruir la propiedad ajena!”. Algunos señalaban como responsables de los desmanes a anarquistas dispersos en la multitud, quienes buscaban la oportunidad de “derrocar al sistema”.

No había por dónde escapar. Los manifestantes estaban rodeados en esa cuadra. Eran alrededor de las 8:00 p.m. Algunos treparon por las escaleras de casas particulares, pero los residentes salieron a defender su territorio, marcando el alto. Un cerco de antimotines comenzó a apretar como emparedado, de esquina a esquina, al grupo de civiles. Por la vanguardia y la retaguardia estrangularon las paredes policiacas, sin posibilidad de salida para los caminantes que arreciaban los cánticos. “No hay justicia…”.

Los medios televisivos tenían el drama necesario para incrementar la audiencia de sus noticieros. Sin posibilidad de cometer fuga, el grupo exclamaba exaltado: “¿Nos van a arrestar igual que a Oscar Grant?”, sin olvidar el propósito de la trayectoria.

Ninguna negociación hubo. La policía ordenó a los medios televisivos evacuar el lugar. Entonces sí. Sin las cámaras, comenzaron los arrestos y el asedio violento de policías contra manifestantes que quizá mantuvieron la calma en todo el recorrido, igual lo único que hacían era utilizar su derecho de expresión y manifestación, tal vez fueron pacíficos en todo el camino. “Están todos bajo arresto. No se resistan”, anunciaba una voz como automatizada. Un joven que apuntaba su dedo índice en la cara de los azules, fue tragado por los antimotines. Desde atrás de la primera fila salieron brazos que lo sujetaron para dominarlo.

Cundió el pánico entre los que quedaban.

“Amigo, mi corazón me está palpitando muy rápido”, dijo uno de los manifestantes, ya delirante. Había entre esos últimos un joven discapacitado, en silla de ruedas, que tras varias súplicas fue evacuado del lugar. Otro joven anglosajón fue bajado al piso por los toletes y los brazos azules de “la ley y el orden”.

La justificación para arremeter de tal manera por parte de la policía de Oakland, fue que la manifestación se había convertido en ilícita cuando alguien intentó despojar a uno de los elementos policiacos de su pistola. Eso inició el zafarrancho que terminó con 152 encarcelados, mismos que esa noche no pudieron llegar a Fruitvale, el lugar donde el mortal error de un policía comenzó con todo esto.

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