Rigoberta Menchú: resplandor de un sol maya

Rigoberta Menchú escucha con respeto los cantos nativoamericanos interpretados en su honor. Foto: Ricardo Ibarra

La Premio Nobel de la Paz 1992 compartió sus conocimientos adquiridos en la selva global a jóvenes de Oakland

Ricardo Ibarra

El Mensajero

La Opinión

OAKLAND.— Cuando una voz anunció al auditorio que tomara sus asientos porque RigobertaMenchú estaba por hacer su entrada, un silencio solemne recorrió el nuevo gimnasio de la escuela Urban Promise Academy. De pronto, los ligeros murmullos fueron rebasados por explosivos aplausos que recibieron a la ganadora del Premio Nobel de la Paz ( 1992), en su andanza sonriente por el pasillo principal del salón, hasta que llegó a la silla que la aguardaba arriba del escenario.

Todos estaban ahí para verla y escucharla, mas nadie le escuchó la voz hasta que transcurrieron rezos ceremoniales con todo y el humo de la salvia del desierto, cantos tradicionales nativoamericanos y otros discursos de líderes pertenecientes al American Indian Movement (Movimiento Indígena Americano), además de los mensajes de bienvenida de los organizadores, Homies Empowerment, en voz de su director César Cruz.

Hasta la recién electa alcaldesa de Oakland Jean Quan tuvo su oportunidad frente al micrófono, donde en compañía de su familia exaltó al público con el “Sí se puede” del movimiento hispano en Estados Unidos e incluso afirmó haber leído algún libro de la guatemalteca originaria de Chimel, Uspatán, con 51 años de trayectoria sobre la tierra.

Cuando por fin llegó el momento esperado en esa noche del 15 de noviembre, Rigoberta Menchú comenzó su charla con un interrogatorio al público asistente: “¿Quién me podría señalar por dónde sale el Sol?”.

Las indicaciones de la audiencia apuntaban a todos los rumbos. Ante la confusión vendría una de las primeras enseñanzas y legado para la juventud ahí reunida. “A donde quiera que uno vaya hay que tener puesta la mirada en la salida del Sol, porque todos somos hijos de la luz. Igual que la mata del frijol, si no le cae la luz se queda raquítico, chaparrito, no crece no es frondoso, y se imaginan si no saliera el Sol qué haríamos nosotros los humanos. Si estamos asustados viendo al Sol todos los días, imagínense qué terrible sería si no saliera el Sol. Entonces para sus futuras generaciones siempre recordarán el Sol en este salón, si tenemos claro dónde está el Sol eso los puede orientar en las cosas de la vida”.

La humanidad está perdida, porque ha olvidado el punto de origen. “Si tú estás frente al Sol, atrás de ti están tus ancestros, los ancestros de millones y millones de años”, dijo Menchú orgullosa de sus raíces maya-quiche. Preguntó al auditorio, quién en ese espacio no tenía antepasados. Ante el silencio, respondió ella misma. “El problema más grande es que a la humanidad se le olvidó que tiene ancestros y se le olvidó que es custodia de un ADN de millones de años, que pasa de generación en generación. Esos son nuestros ancestros”.

Alentó a los jóvenes a diferenciar entre la sabiduría y el conocimiento, por ejemplo, entre saber vivir una vida plena y conocer de tecnología, “del twitter y el internet”. Vestida de colores y flores expresó: “Una clave para tener sabiduría es participar, si ustedes dicen: ‘ah, que el otro haga por mí’, ustedes están renunciando a sus derechos, pero si ustedes dicen: yo intento, yo participo, yo escucho, escucho y escucho, parezco muda, no hablo, pero estoy escuchando por dónde van los caminos que a mí me gustaría llevar”.

Aquí en Estados Unidos, uno de los países más activos en la dinámica de la guerra, Menchú dijo a las caras jóvenes presentes —algunos ex pandilleros—, que “la violencia es una salida cobarde, es el camino de los cobardes porque no saben resolver nada de otra manera. En mucha de la violencia el primer afectado es el que ejerce la violencia porque está enfermo, se enferma de todas las maneras, espiritual, material, colectivo”.

Sentenció: “Una persona que ha hecho daño a otro jamás puede tener una vida de armonía, paz y tranquilidad”.

Enseñó al auditorio que ellos mismos pueden aprender a curarse. “Nos enseñaron que las piedras no hablan, pero son el oído de nuestra madre naturaleza. Busca apoyo en la madre, si somos hijos de la tierra cómo es que la tierra no nos cura. Porque el occidente nos enseña que nosotros vamos a salvar la tierra. Somos muy pretenciosos. ¿Se imaginan que nosotros salvaremos la tierra?, la mentalidad es salvémonos nosotros antes de que la tierra nos recicle. Así es la vida”, dijo aludiendo a la historias ficticias del cine hollywoodense.

Enumeró los actuales enemigos de la humanidad: la droga, el alcohol, el racismo, y algunos discursos políticos. “Voy a los gobiernos, a las instituciones, y dicen: ‘somos defensores de los pueblos indígenas’ y miran su grupo y no hay ningún sólo indígena. Resulta que los defensores de los pueblos indígenas no aceptan ni un sólo indígena en su equipo, ¿entonces qué están haciendo?”. En el mismo grupo demagógico enmarcó a los que apoyan a la juventud y quienes abogan por la equidad de género.

“Si hago una lucha tengo que ser coherente, no podemos predicar lo que no somos capaces de vivir. Y esa es la salida de la juventud. No mientan. Si no pueden hacer una cosa, pues no se puede, pero lo peor es cuando se ofrece y no lo hace. Para que ustedes vean que necesitamos muy pocas cosas para hacer lo que tenemos que hacer. O sea, es una forma de vida lo que tenemos qué cambiar, no una forma de decir, ver, hacer la vida”, señaló mientras su español era traducido al inglés.

Rigoberta Menchú sabe de luchas. Su familia fue torturada y asesinada por militares y la policía guatemalteca conocida como “escuadrones de la muerte”. Sus hermanos eligieron la guerrilla. Menchú decidió ir por el camino de la paz con campañas de denuncia al régimen opresivo de su país y de la constante violación a los derechos humanos del pueblo indígena.

Guatemala no era tierra segura. Escaló el mundo con sus mensajes hasta alcanzar la tribuna de las Naciones Unidas. Para escapar a la represión se exilió en México, donde publicó su autobiografía Yo, Rigoberta Menchú(1983). Regresó a su tierra arropada con la atención internacional y continuó con las denuncias de injusticia. Nunca aprendió a callar lo que sabe.

En el auditorio escolar localizado en el suroeste de Oakland pronunció una vez más lo que sabe, lo que no ha aprendido a silenciar: “Yo sé que hay mucho dolor en la comunidad inmigrante —o llamada inmigrante, porque en realidad es un nombre muy feo, todos tendríamos derecho de vivir donde nos dé la gana—. Yo sé que hay mucha persecución, hay abuso de la policía, yo sé que hay prisión de libertades. Todo eso. Ustedes luchan por eso”.

Ahí parada, ella misma con un rostro de sol redondo, alumbrante y sonriente, dijo sus últimas oraciones. “Una de las formas de cambiar el mundo es tener una educación integral. Entonces usen la computadora, el twitter, todo lo que les da información, pero también usen los valores de la casa, la comunidad, los abuelos, su origen, su identidad, sus idiomas. Tienen tantas herramientas en sus manos”.

3 Comentarios

  1. Bien, compañero. Buena entrada periodística. Buen desarrollo. Ambos admiramos a la Menchú. Además de que la nota en sí cumple, se ve dicha admiración. Requerimos otras y muchas rigobertas.

  2. “sin duda una eminencia”
    Con sencillez y profundidad, la mestra Menchú siembra conciencia con sus palabras.

    felicidades.
    Muy buen articulo.

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