Desobediencia civil en BART

Ricardo Ibarra

El Mensajero

SAN FRANCISCO.— Que lo harán una vez por semana.

Una marcha semanal es lo que prometieron los grupos que coordinan las protestas contra las políticas públicas del servicio de transporte en la Bahía de San Francisco, BART (Bay Area Rapid Transit), que este pasado lunes 22 de agosto volvieron a desfilar con megáfonos y pancartas por la avenida Market y en el interior de las estaciones cercanas: Civic Center, Powell, Montgomery y Embarcadero.

Mantendrán las protestas hasta que la administración del servicio cumpla ciertas demandas planteadas por los manifestantes. Por ejemplo, No justice no Bart exige que no haya un departamento de policía, y sobre todo, evitar que estos utilicen armas de fuego, después de la muerte que ocasionaron a Charles Hill, Fred Collins y Oscar Grant, en los últimos tres años.

Anonymous, colectivo internacional virtual que en esta ciudad hizo presencia pública detrás de las máscaras de Vendetta, llevan las demandas más allá, al solicitar desarmar a la policía, brindarles un entrenamiento adecuado, correr al jefe de la policía del BART, Kenton Rainey, y a su vocero, Linton Johnson, —el cual consideran ha mentido a los medios informativos, tuvo la idea de anular los servicios a teléfonos móviles durante una movilización pasada y a quien miembros de Anonymous exhibieron desnudo en internet—. También están determinados a obligar al BART a declarar que no volverán a bloquear el servicio de conexión a celulares.

Mientras estas demandas no sean cumplidas, las organizaciones prometen persistir con su presencia alrededor de las estaciones del BART, una vez por semana. Las últimas tres fechas manifestaciones ocurrieron en lunes, aunque los grupos no aseguran que este día vaya a ser una constante.

Las protestas de este 22 de agosto iniciadas a las 5:00 p.m. tuvieron menos participación de ciudadanos (menos de 100, pero sí muchísimos representantes de medios y policías antimotines y motorizados), por lo que tanto el servicio del BART no fue interrumpido, como tampoco ocurrió con el transporte por la avenida Market.

Hubo dos personas arrestadas afuera de la estación de Embarcadero y otros cuatro en Market, por por protestar en supuestas zonas prohibidas.

Estas manifestaciones públicas ocurren en momentos en que de manera inaudita suceden batallas en el ciberespacio, principalmente por las revelaciones que ha hecho Wikileaks sobre las relaciones de Estados Unidos con otras naciones del mundo. Hackers integrantes de Anonymous han respaldado y apoyado las acciones de Wikileaks.

Rupa Marya, una cantautora asentada en la Misión de San Francisco, quien recién se presentó en The Independent el sábado pasado, estuvo entre los asistentes a la manifestación, pues fue ella quien atendió al indigente Charles Hill, en el Hospital General de la ciudad.

“Estoy aquí para exigir una investigación transparente de este asesinato. No hemos recibido información de este caso, ni de la ciudad ni del Bart o los medios. Es necesario desarmar y reentrenar a la policía del BART, porque obviamente abusan de su fuerza contra los ciudadanos”, expresó la también médico.

‘Vendetta’ enloquece a San Francisco

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La Opinión (impreso)

SAN FRANCISCO.— La máscara sonriente de Vendetta fue el rostro que decenas de manifestantes utilizaron para tomar el centro de San Francisco ayer por la tarde.

Los asesinatos cometidos por la policía del sistema de transporte Bart en fechas pasadas, más la reciente interrupción del servicio a teléfonos móviles en anteriores manifestaciones, provocó que cientos de jóvenes emergieran de las redes sociales para trastornar la rutina pública de esta ciudad.

Protestas con gritos, pancartas, música, máscaras, megáfonos y flores, comenzaron alrededor de las 5:00 p.m. en la estación Civic Center del Bart, tanto en el subterráneo, como en la superficie, lo que ocasionó que la administración cerrara a los usuarios esa parada y la de Powell.

Debajo de la tierra, antes de las 6:00 p.m., elementos policiacos, junto con antimotines, ya habían apresado a cuatro personas, por alterar la seguridad pública, según dijeron.

El llamado a las protestas lo hicieron simpatizantes del grupo internacional Anonymous (una sociedad de hackers que surgió con la captura de la cabeza de Wikileaks, Julian Assange, y que tiene presencia en el Área de la Bahía), por medio de Twitter y Youtube, principalmente .

Vendetta, el personaje que ocasiona una transformación social en los cómics de los ingleses Alan Moore y David Lloyd, y en la película que produjeron los hermanos Larry y Andy Wachowski, fue la inspiración para un conjunto de jóvenes que decidieron mantener el anonimato con la máscara que usaba esta popular figura.

Mientras avanzaba la tarde y la marcha en círculos, ocurrieron otros tantos arrestos en la avenida Market, donde el conjunto de manifestantes fluía entre la estación de Civic Center y la de Powell, ida y vuelta, por varias horas, con el ruido de juegos pirotécnicos, voces policiacas que amenazaban con encarcelar a todo el que continuara en la calle y tanta adrenalina que frenó en varias ocasiones el tráfico de distintas vías de tránsito.

Carey Lamprecht, representante en San Francisco del Gremio Nacional de Abogados (National Lawyers Guild) realizó un monitoreo de la actuación de los policías, al momento de someter a los manifestantes.

En su juicio, “a muchos los detuvieron tan solo por alzar la voz y sostener pancartas”. Mencionó que los derechos civiles de los estadounidenses les permite protestar contra asesinatos cometidos por la policía del Bart, como en el caso del afroamericano Oscar Grant o del indigente Charles Hill.

“Necesitamos usar nuestras libertades civiles, y que esta gente lo haga cuando sienta que sus derechos son violados”, dijo al salir de la estación de Civic Center.

En Youtube, el video #opBart Anonymous message, invita a la manifestación pública a favor de los derechos civiles, con un caricaturizado Vendetta producido por la organización No justice no Bart.

Cristoph es un miembro de No justice no Bart. Entre la multitud responde para El Mensajero: “Estamos tratando de ayudar a que Bart se dé cuenta de que su trabajo no es tomar decisiones sobre libertad de expresión y tampoco decisiones sobre derechos civiles y seguridad pública. No queremos que tengan una política de libertad de expresión ni que tengan un departamento de policía”.

“Este no es su negocio”, explica, “su negocio es el transporte público, y cada que pasa algo, siempre dicen que la próxima lo harán mejor, pero no queremos que lo hagan mejor, queremos que dejen de hacer. No elegimos a sus directores para que tengan una fuerza policiaca o que interpreten la Constitución para nosotros”.

El reclamo por el derecho a la libertad de expresión en los espacios públicos y el alto al fuego de los policías del Bart, culminó cuando la multitud gritó: “¡City Hall!”, y justo antes de llegar, a espaldas de la Biblioteca Pública de San Francisco, antimotines tuvieron su oportunidad de reír frente a los manifestantes, cuando los rodearon junto a unos cinco reporteros entre ellos. Eran alrededor de las 8:30 p.m.

Tan solo en ese lugar ataron de las muñecas a unos 30 ciudadanos que exigían sus derechos a reclamar y demandar justicia.

Ellos prometen volver: “son legión, no olvidan, no perdonan”.

Bart organizará este miércoles 24 de agosto una sesión para determinar sus futuras políticas.

Policías al ataque en Oakland

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El Mensajero

La Opinión

Ricardo Ibarra

OAKLAND.— Un joven afroamericano fue baleado por la espalda mientras estaba esposado y sometido con el rostro en el suelo. Era Oscar Grant, 22 años. Murió después del “arresto”.

Eso no es noticia ahora. Ocurrió el 1 de enero de 2009 en la estaciónFruitvale del sistema de transporte púplico BART, en Oakland. Johannes Mehserlefue su victimario. Blanco, de 28 años. Portaba placa y uniforme de policía ese día. El pasado viernes 5 de noviembre fue sentenciado a dos años de prisión por “homicidio involuntario”, según el juez Robert J. Perry en Los Ángeles.

Mehserle obtuvo con esto la sentencia mínima, de hasta 14 años que pudo recibir como condena. Según la defensa, sus manos no encontraron diferencias entre la pistola y el arma de descargas eléctricas. Pero tampoco eso es novedad.

El veredicto no sorprendió a varios de los que asistieron al homenaje en memoria de Oscar Grant, la misma tarde de la decisión judicial en la plaza Frank Ogawa, entre las avenidas Broadway y 14. “Me enoja, pero tampoco me sorprende”, era la declaración constante en el micrófono que hasta las 6:00 p.m. ayudó a liberar enérgicos discursos contra “el sistema”, la policía, el capitalismo y la falsa justicia de la land of the free. Hubo también palabras que evocaron al socialismo, a Martin Luther King, los Black Panthers, a la organización, la educación y la formación de nuevos líderes comunitarios.

La plaza fue el escenario para la expresión pacífica y artística. Todos eran el espíritu de Oscar Grant. Manifestado en verseadas frases raperas, trazos de acrílico sobre maderas, coloridos aerosoles dispersos en mantas y, por supuesto, la oratoria en forma de poemas memorizados y gestos improvisados.

Antes de las 6:00 p.m. Antes de que cayera el sol y la falta de electricidad dejara afónicos a los amplificadores, Cat Brooks, co presidenta del comité organizacional ONYX, llamó a la audiencia a despedir por última vez a los suspuestos espías que vigilaban atentos la manifestación, escondidos en los edificios alrededor de la plaza. “Pero esta vez”, dijo, “hagámoslo así”, señaló con el dedo índice que paseó por los cuatro rumbos acompañado por los otros dedos de unas 300 personas presentes.

En este punto los locales comerciales que mantenían sus puertas abiertas cerraron. Otros continuaron sellados desde el mediodía con capas de triplay en los aparadores., como el Foot Locker, el mismo que fue ultrajado en la pasada manifestación del 8 de julio o como la comandancia policiaca de la zona.

Helicópteros de la policía de Oakland emitían el avispeo de sus hélices desde el cielo del atardecer. Brooks hizo repetir a la multitud sus propias palabras respondidas en coro por las minorías de Estados Unidos —afroamericanos y latinos, principalmente, aunque también había uno que otro asiático y anglosajón—: “Juro dejar este mitin. Regresar a mi comunidad. Educarme. Organizarme. Empoderarme. Y luchar. Lo haré. ¡Lucharé!”.

Minutos antes, Cat Brooks había comentado a El Mensajero que la comunidad estaba furiosa por la resolución dictada a Mehserle, que era “como un manotazo a un niño”. Aún así manifestó que la comunidad afroamericana no podía perder más de sus miembros. “No queremos ni balaceados ni encarcelados. No podemos darnos ese lujo en este momento”.

Eso estaba por verse. Como en la noche todos los gatos son pardos, el arribo de la oscuridad desmanteló otra manera de expresión social: la ocupación callejera.

La marcha

“No hay justicia, no hay paz”, fue otra de las oraciones favoritas de la tarde y noche. Eso mismo ocurrió en Oakland cuando la energía desvocada de los jóvenes se diseminó por las oscuras calles de la ciudad al ritmo del hip hop que salía disparado por estéreos portátiles.

El polvorín reventó ahí mismo en el entrecruce de la 14 y Broadway. Un par de sombras con capuchas en la cara trepó al toldo de un coche varado entre el gentío. Saltaron encima abollando el capote. “No hay justicia, no hay paz”, repetía la concurrencia. Algunos con altavoces. Los elementos policiacos, preparados con tolete, escudos, rodilleras y cascos desde horas antes, contemplaban el espectáculo. Nada hicieron. Tenían su plan.

Cuando parecía que la nutrida caravana no tenía a dónde tirar, por el bloqueo de los antimotines, logró finalmente avanzar por la calle 14 rumbo al sureste. Pero esa era la estrategia de los azules. Con presencia en distintos puntos y las indicaciones desde los helicópteros, obligaron a la marcha a seguir una sola dirección: la 10 y la 3. Con barricadas policiacas por delante y por detrás, el convoy no podía permanecer quieto en esa área abandonada. Parecía que el festín terminaba ahí, pero quienes conducían el avance cargaron hacia el lago Merritt, no sin antes derrumbar algunos alambrados privados. La intención de los que marchaban era llegar al sitio donde todo comenzó: la estación de Fruitvale.

En esta desviación la flota quedó disminuida. Una parte no entró a los terrenos del lago Merritt. Otros más fueron quedando rezagados en la medida que avanzaba la vanguardia. Los cercos policiacos asentados en cada cuadra iban cerrando el paso a los que quedaban atrás. Ocurrían las primeras detenciones de la noche.

Cuando la marcha llegó a un vecindario ubicado entre la 17 y la 6, el colectivo original había sido reducido a unos cincuenta. Para entonces, algunos de los que se manifestaron con violencia en lugar de cánticos, habían destrozado los cristales de un autobús del MUNI y dejado al paso de la marcha carrocerías abolladas y parabrisas hechos pedazos.

Un hombre salió a reclamar los súbitos golpes que recibió su automóvil, pero en cuanto vio las cámaras de televisión enfocándole, unió las manos en señal de una paz budista con la que fingía una falsa resignación a los valores materiales. Con ojos encendidos gritó: “¡Qué carajos les pasa. De qué se trata esto; destruir la propiedad ajena!”. Algunos señalaban como responsables de los desmanes a anarquistas dispersos en la multitud, quienes buscaban la oportunidad de “derrocar al sistema”.

No había por dónde escapar. Los manifestantes estaban rodeados en esa cuadra. Eran alrededor de las 8:00 p.m. Algunos treparon por las escaleras de casas particulares, pero los residentes salieron a defender su territorio, marcando el alto. Un cerco de antimotines comenzó a apretar como emparedado, de esquina a esquina, al grupo de civiles. Por la vanguardia y la retaguardia estrangularon las paredes policiacas, sin posibilidad de salida para los caminantes que arreciaban los cánticos. “No hay justicia…”.

Los medios televisivos tenían el drama necesario para incrementar la audiencia de sus noticieros. Sin posibilidad de cometer fuga, el grupo exclamaba exaltado: “¿Nos van a arrestar igual que a Oscar Grant?”, sin olvidar el propósito de la trayectoria.

Ninguna negociación hubo. La policía ordenó a los medios televisivos evacuar el lugar. Entonces sí. Sin las cámaras, comenzaron los arrestos y el asedio violento de policías contra manifestantes que quizá mantuvieron la calma en todo el recorrido, igual lo único que hacían era utilizar su derecho de expresión y manifestación, tal vez fueron pacíficos en todo el camino. “Están todos bajo arresto. No se resistan”, anunciaba una voz como automatizada. Un joven que apuntaba su dedo índice en la cara de los azules, fue tragado por los antimotines. Desde atrás de la primera fila salieron brazos que lo sujetaron para dominarlo.

Cundió el pánico entre los que quedaban.

“Amigo, mi corazón me está palpitando muy rápido”, dijo uno de los manifestantes, ya delirante. Había entre esos últimos un joven discapacitado, en silla de ruedas, que tras varias súplicas fue evacuado del lugar. Otro joven anglosajón fue bajado al piso por los toletes y los brazos azules de “la ley y el orden”.

La justificación para arremeter de tal manera por parte de la policía de Oakland, fue que la manifestación se había convertido en ilícita cuando alguien intentó despojar a uno de los elementos policiacos de su pistola. Eso inició el zafarrancho que terminó con 152 encarcelados, mismos que esa noche no pudieron llegar a Fruitvale, el lugar donde el mortal error de un policía comenzó con todo esto.