Mexicanos al grito de… ¡Puto!

Foto: Ricardo Ibarra

Mujer observa el partido en la explanada cívica de San Francisco. Foto: Ricardo Ibarra

SAN FRANCISCO.— Ese mismo día que el alcalde de la ciudad Ed Lee izó en el balcón principal de City Hall la bandera arcoíris que identifica a la comunidad homosexual en el mundo, enfrente, los mexicanos aglutinados en la plancha del Civic Center lanzaban su cántico de guerra pambolera: “Eeehh, ¡Puto!”.

No lo exclamaban a ninguno de los turistas o a las parejas LGBT (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales) que usualmente pasean por estas calles tomadas de la mano. Lo emulaban cada que veían al portero de la selección de fútbol de Brasil disparar el saque de meta por medio de la pantalla gigante que colocó en la explanada la organización pública Recreation and Parks de San Francisco para el disfrute gratuito de las masas.

Es una costumbre local. En junio, el alcalde en turno alza la bandera representativa del movimiento para iniciar las celebraciones con motivo del mes del Orgullo Gay. Casualmente, ese día 17 de junio, el encuentro entre los equipos de Brasil y México en la Copa del Mundo 2014 reunió a una comunidad que tiene desde hace años, por costumbre también, gritar “puto”, al portero del equipo contrario, cada que patea el balón desde el área chica del campo de juego.

La palabra “puto”, viene de puta, que a su vez deriva de prostituta: “Persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero”. La Real Academia de Lengua Española define al “puto”, como: “clasificación denigratoria”, y también, “hombre que tiene concúbito con persona de su mismo sexo”.

La FIFA ha estado alerta de cualquier acto de racismo o discriminación en este reciente Mundial. Y tiene bajo investigación a la hinchada mexicana y su peculiar grito de batalla.

Nadie lo ha corregido o señalado. En los estadios, por medio de las transmisiones en vivo de los partidos, la proclama sexista resuena con claridad, por años ha sido así, sin que nadie haga nada. La FIFA ya levantó la oreja y si decide poner un ejemplo internacional, la selección mexicana de fútbol podría quedar fuera de la competencia —quizá les harían un favor, antes de quedar ridiculizados por las potencias futbolistas.

Puede consultar el programa de las transmisiones abiertas de los partidos en la explanada del centro cívico de San Francisco en: WorldCupSF.com. Pero muestre algo de civismo. Sobre todo si asiste este lunes al encuentro entre México y Croacia. No sólo será la FIFA en Brasil, la comunidad gay también estará atenta.

La revoluçao en Brasil

Comenzó a rodar el balón en la Copa Confederaciones celebrada en Brasil. Pero otra noticia comenzó a circular por el mundo.
Los brasileños han inundado las calles —100 mil en 40 ciudades tan sólo este martes pasado—, con expresiones de repudio al gobierno de Dilma Rousseff, demostrando que el pueblo carioca es más que amor o pasión por el juego del futbol.
De dónde viene tanta insatisfacción, por qué tantas expresiones de hartazgo, cómo llegó a consolidarse una protesta tan masiva en una de las naciones sudamericanas con más sólida economía emergente.
El pueblo brasilero ha comenzado a cuestionar todos los servicios públicos, como la educación, el transporte, el sistema de salud, todos en estado caótico y con severas deficiencias —similar a cualquier país latinoamericano—, mientras que el gobierno efectúa excesivos gastos para la realización del Mundial de Futbol en 2014 y los Juegos Olímpicos en 2016.
Algo grave sucede cuando los recursos van a las grandes organizaciones trasnacionales —en este caso a la FIFA, pero pueden ser otros como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y otros grupos, como los mineros o el mismo G8— y no al desarrollo de bienestar para los pueblos mismos.
Los brasileños saben mejor que nadie —son cinco veces campeones del mundo—, que el futbol se juega con los pies, pero también con la cabeza. Y ahora nos demuestran que son más que futbol, samba y carnaval.
Como escribió el periodista Eric Nepomuceno en su crónica para La Jornada: “Hay una brecha, se sabe ahora, entre el paraíso de los números y el infierno del cotidiano que viven millones de brasileños”.