Cervezas mexicanas artesanales

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A todos aquellos amigos de la cerveza.

Hace unos días paseaba por el querido pueblo de Ajijic, a orillas del lago de Chapala, y caí a un lugar formidable. Casi todas las cervezas artesanales Made in Mexico a mi alcance. Un rincón que invita al paladar.

El lugar se llama El Figón y es atendido por una chica llamada Ana Paula y su esposo. Además de que disfrutas el clima ventoso, húmedo y caluroso de la laguna, tienes oportunidad de probar buenas cervezas, como la Jack, Poe, Sumito Volador, Hidalgo, Tijuana, por supuesto la Cucapá, la tapatía Minerva, Chupacabras, y otras tantas más.

En verdad, si eres chelero, qué mejor que apoyar el mercado emergente de cerveceros independientes en México, y con cada trago combatir el imperio de esas compañías cerveceras avaras y monopolizadoras que nos exprimen en la ciudad con cada borrachera, por no tener tanta diversidad y opciones como en El Figón de Ajijic.

Así que no se diga más… parriba, pabajo, pal centro y pa dentro.

¡Salud!

El retorno a los murales

Jesús López Vega posa abrigado por su mural, en el Centro Cultural de Ajijic. Foto: Edmundo Pacheco

Jesús López Vega posa abrigado por su mural, en el Centro Cultural de Ajijic. Foto: Edmundo Pacheco

RICARDO IBARRA

Cuando el pintor Jesús López Vega comienza a relatar el reciente apogeo de los murales pictóricos distribuidos en distintos puntos, tanto de Chapala, como de Ajijic, detalla, en principio, por qué ha resurgido en esta región la fuerza pública del muralismo.

Como nubes, el lago de Chapala atrajo durante el siglo XX a una considerable cantidad de renombradas mentes internacionales. Y descargaron en estos escenarios algunas de sus obras. En esta atmósfera de paraíso terrenal escribió el inglés P.H. Lawrence, el libro La serpiente emplumada. En estos mismos parajes residió otro nativo de la Gran Bretaña, Aldous Huxley, autor de la célebre novela Un mundo feliz. El pintor mexicano David Alfaro Siqueiros habitó una antigua posada del lugar. Aquí encontró imágenes narrativas Agustín Yáñez, mismas que soltó en Flor de juegos antiguos. Pero quien más efectos logró entre los lugareños y en su perspectiva artística, fue la norteamericana Neil James Campbell, según la recuerda el muralista nativo de Ajijic, López Vega.

Esta mujer, describe el pintor, llegó a la zona para recuperarse de una caída que partió en tres una de sus piernas, durante una caminata por el volcán Popocatépetl. Le recomendaron sumergirse en las aguas termales de San Juan Cosalá –a unos kilómetros de Ajijic–, y lo hizo. Disfrutó tanto la región, que llegó para quedarse por los siguientes 50 años. Tras convivir con las ideas de Diego Rivera, Frida Kahlo, José Vasconcelos, incluso con algunos maestros del Japón, decidió abrir en su casa un taller de pintura para niños. Vivió en ese sueño de los 48 a los 98 años.

Egresaron del laboratorio, artistas que hoy tienen eco en vocablos internacionales. Entre ellos: Javier Zaragoza, Florentino Padilla, Antonio Cárdenas (conocidos como la primera generación); Armando Aguilar, José Castañeda, Antonio López Vega (segunda generación) y Juan Navarro, Daniel Palma y el mismo Jesús López Vega (tercera generación).

El taller aún existe, tiene 52 años de existencia en la antigua casa de James Campbell, conocida hoy como el Lake Chapala Society, y los niños aún frecuentan ahí los colores, formas y texturas.

En 1982, cuando el agua comenzó a alejarse de las orillas convencionales de Chapala, López Vega y otros artistas descubrieron en la arena piezas de barro con estilos de corte prehispánico. Esa experiencia, junto con otras vivencias que compartió con los grupos de huicholes que arribaban a uno de sus cinco principales centros sagrados, Xapawiyemeta (conocida como la Isla de los Alacranes, en el interior del lago), cambiaron su percepción del arte y la vida. Los elementos indígenas jamás abandonarían su trazo.

Ahora que el lago logró recuperarse gracias a los distintos trasvases de años pasados, hizo crecer también el arte en los espacios públicos. Y emergió con la escuela muralista. La añoranza por aquel pasado encantador de Chapala, sin ruido ni bullicio, sin anuncios publicitarios por encima del paisaje natural, la plenitud de vegetación y vida, crea en algunos artistas locales nostalgia y añoranza por lo que era.

“En los años setenta”, relata López de Vega, “comienzan a llegar olas de extranjeros, pero ya no con ese carácter altruista de aquellos primeros años del siglo XX, sino otros, con la mentalidad de hacer business. Entra el tiroteo de los bienes y raíces, que es lo que controla aquí la economía. Son más de 20 organismos, de estos, que nosotros hemos contado. Empieza la cuestión burocrática entre ayuntamiento y extranjero, sobre la plusvalía de las tierras. Por herencia de mis abuelos nosotros tenemos una tierra muy grande, pero nosotros no podemos habitar ese terreno porque la plusvalía está a mil 500 pesos el metro cuadrado. Es una locura. Para hacer una subdivisión, prácticamente tendríamos que volver a comprar el terreno”.

Estos conceptos forman en la mentalidad del artista una añoranza, y a la vez, “cierto coraje y reclamo hacia lo que antes era el pueblo”.

Su reciente mural, “El nacimiento de Teo Michicihualli”, inaugurado apenas en julio pasado en el Centro Cultural de Ajijic –y que tardó dos años y medio en concluir–, describe un viejo mito compartido entre los ribereños, la de la relación entre la luna, el lago y el espíritu femenino que lo custodia: Michicihualli. Tiene otros componentes, como algunas de las piezas extraídas del lago cuando estaba seco, y que eran ofrendadas por los antiguos lugareños al agua y su espíritu. Contiene símbolos huicholes, como el híkuri, el niérika y el tzikuri. Por este trabajo, López Vega recibió 76 mil pesos, con apoyo del PACMyC, el ayuntamiento de Chapala y donaciones altruistas.

Uno de los primeros talleristas de la escuela de James Campbell fue el señor Javier Zaragoza, quien actualmente traza el mural que llevará por nombre “La ribera del lago de Chapala”, en un viejo muro de contención situado en un costado de la primera carretera que iba de Guadalajara a este sitio, cerca ya del centro y a un costado del malecón. Alrededor de 50 metros de muro que planea terminar en diciembre de este año.

Al igual que López Vega, y como los tlacuilos de épocas prehispánicas –narradores de la historia a través de la pintura–, Javier Zaragoza, con su look al estilo de un Hunter S. Thompson tropical, retrata los distintos episodios de Chapala, desde su conquista por los españoles, su participación en la Independencia, la llegada del tren, la pesca, el comercio y los días recientes.

Mientras haya agua habrá vida en Chapala, y si hay vida, habrá arte.

¿Festejo?
El 9 de agosto celebramos el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, por decreto de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
La Declaración de la ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas enfatiza aspectos que no han sido acatados por los gobiernos de México ni del mundo, como los principios de igualdad y no discriminación. Establece el derecho a la autodeterminación y al mantenimiento y fortalecimiento de sus particulares instituciones políticas, legales, económicas, sociales y culturales, conservando igualmente su derecho a la total participación en la vida pública.

Las playas de Chapala

Por estos días de primavera el ayuntamiento de Chapala inaugurará la”playa Chacaltita”, una obra que redondea los esfuerzos por revivir el turismo en el lago más grande de México. Los buenos tiempos se convierten ya en una leyenda para sus habitantes, visitantes y funcionarios públicos

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RICARDO IBARRA

La Perla, Lupita, Karla, Paty, Nora, flotan en las aguas ondulantes de la orilla del lago de Chapala. Quietas, ancladas al malecón, esperan a los viajeros que irán de paseo con ellas hasta la isla de los Alacranes. Ellas son las lanchas que transportan al turismo de tierra a tierra a través del agua. Muchos lancheros las identifican con titulos de mujer. Otros son más religiosos. Las llaman Santa María, Santa fe, San José. O Mazatlán, Veracruz, Monterrey, ¡Iberia!, los más nostálgicos. Incluso figuras de la Independencia: El Pípila.
Guadalajara (una lancha con ese nombre) consiguió movida. El dueño del bote es Óscar Sánchez. Cobra 200 pesos por 30 minutos de viaje hasta la isla. Sus viajeros son una pareja de mexicanos que vienen desde Estados Unidos para disfrutar de ese clima “como no hay otro en el mundo”, sus vientos refrescantes, el sol que no da calor, que estimula el placer de vivir.
Óscar Sánchez dice que desde hace dos años los lancheros pueden de nuevo fluir por el agua como peces. Hay más visitantes. Hay agua como no la había hace 10 años. Es una época de bonanza.
Tanta es la dicha, que Palacio Municipal estrenó en septiembre del año pasado un mural con forma ovalada en la que figuran dos héroes independentistas, Hidalgo y Morelos, con una expresión serena y una sonrisa disimulada, como si la toma de machetes fuera el inicio de una interminable fiesta de celebración. El ayuntamiento de Chapala inauguró el año pasado un malecón con luces, palmeras, flores multicolores, hasta arena de playa que los chiquillos utilizan para formar figuras estrafalarias encima de sus pequeños y delgados cuerpos. Hay tanto movimiento, que en este mes el alcalde Gerardo Degollado González inaugurará la segunda playa del nuevo y relucido malecón, que según los albañiles que trabajan en el proyecto, terminarán de rehabilitar la siguiente semana.
Lo que hace el agua. Sin duda trae vida. Hace fluir la materia.
Dicen las voces bíblicas que Jesús “el Nazareno” atraía los peces como un imán, que los multiplicaba y con ellos alimentaba a aquellos que sufren y tendrán abiertas las puertas del cielo. En los próximos días, según la versión de los lancheros, Cristo llegará a Chapala para multiplicar a los turistas. El ayuntamiento planea la construcción de una isla artificial a unos 100 metros del remodelado malecón. Una estatua de Cristo pescador abrirá las manos a los peces y al turismo, encima de ese montículo. “De unos ocho metros”, dice Óscar. “De puro bronce”.
Qiuenes también abren los brazos al lago son tres ancianas sentadas en una banca del nuevo malecón que dará vista a la Playa Chacaltita, que es como se llamará esa reorganizada bahía que todavía hace tres años tenía sólo arena, recrecidos árboles y espontáneos terrenos donde los campesinos hacían crecer maíz e ilusiones. Las mujeres frotan sus manos, pues aunque el sol de mediodía cae sobre ellas, la brisa lagunera provoca frío en sus cuerpos bien abrigados. “Abre las manos así”, dice una de ellas a las otras, “siente la energía”, explica en una charla algo esotérica.
La prosperidad del lago llega a costas extranjeras. En días pasados el lago obtuvo la designación de sitio Ramsa, lo cual acredita al embalse como un lugar reconocido en el mapa internacional, y con lo cual los habitantes, usuarios y funcionarios públicos tienen la obligación de mantenerlo activo y en armonía.
Mike Laure, “el rey del trópico”, también recibe las bienaventuranzas. Su guitarra, estática al igual que su figura instalada afuera del tradicional restaurante bar Beer Garden, parece que cambió las melodías de “La rajita de canela”, por los riffs de Slash. Una canción de Guns N’ Roses tocada desde el bar lo hacen ver incluso rockero. Su estatua fue inaugurada el año pasado.
A quien se le pregunte ahí en el malecón, cómo ven ahora al lago de Chapala, contestan que está “bien cambiado”. Lo dicen los empleados de una distribuidora de abarrotes que se escaparon un instante de sus labores cotidianas para ver de cerca el faro del muelle, Carlos Savilla y Rubén Ramírez. También Luis Alberto Sánchez, empleado del ayuntamiento de Chapala, presume que el 60 por ciento de la población norteamericana radicada en México, viven al borde del lago. “Está chingonsísimo”, aclama otro.
Hay un incrédulo. Se llama Justino Carranza. Es chapalense. Vive de lo que se conoce como “empleo informal”. Vende elotes. Tiene atados al muelle cuatro hilos de pescar, uno de ellos con un pez atado al anzuelo. Es lo que va a comer esa tarde. Solía ser “trabajador de la construcción”, pero desde que cargó toda una semana tremendas vigas sobre el lomo, la espalda no da más para el oficio. Su esperanza está en la Semana Santa, pues el maíz asado sólo apetece a los mexicanos, y se venden más en la noche cuando casi no hay turismo.
“Aquí era un cabrón cochinero”, admite, parado ahí en el muelle, “a ver cuánto tiempo dura”.
Tal vez dure hasta que canten ahí los mara’acate huicholes que atraen el agua, o lleven los católicos una virgen a pasear. O cuando el gobierno del estado tenga que solicitar un nuevo trasvase a las presas que retienen el agua a través de todo el río Lerma.