Robo en El Parián

el parian

Si caíste en este sitio, tienes que leer el siguiente texto…

 

Quien tenga en sus planes visitar el tradicional centro gastronómico y etílico, El Parián, en Tlaquepaque, Jalisco, piénselo bien, o al menos tome las siguientes precauciones.

Hace un par de días llegué invitado por un amigo mío a festejar su cumpleaños con el mariachi y las mezclas líquidas de este lugar. Parecía buena idea. Lo digo porque al final de la cuenta, la cifra total acumulaba poco menos de cuatro mil pesos. Una cantidad increíble y por de más inflada, pues los que fuimos pedimos pocos tragos, muy poco para comer y estuvimos ahí tan solo tres horas.

Por más que discutimos, el dueño (o encargado en ese momento) de El Imperial, una de los tantas cantinillas localizadas en el interior de esa plaza, alegó a su vez que la cuenta era correcta, y si seguíamos con nuestras quejas podría incluso llamar a la policía para sacarnos de esa enorme cantina que abarca una cuadra completa.

Por desgracia, nuestro festejado desistió al debate y terminó pagándole a estos Ratas, con su tarjeta de crédito.

Si van a El Parián, y van varios a una mesa, lo más recomendable es hacer un corte de caja cada media hora, o de plano, pagar al recibir lo pedido. De lo contrario, lo más seguro es que serán una víctima más de estos gañanes, quienes se aprovechan de la fiesta de cada mesa para percibir ingresos extras, mientras se rascan los huevos tras la barra de servicio.

Así que piénsenlo bien o mejor ni vayan… Hay tantos lugares.

 

Salud!!!

Mareo alegre en Tlaquepaque

Epicentro Informativo (Haz clic para escuchar)

RICARDO IBARRA ÁLVAREZ

tlaquepaque1Tlaquepaque, pueblito, es un famoso estribillo de una canción interpretada por varios cantantes rancheros y mariacheros noctámbulos de El parián y otras regiones del universo melódico. Pero Tlaquepaque ya no es sólo un pueblito, tiene poco más de 800 mil personas asentadas en ese municipio, lo que no es poco, si consideramos que tiene el doble poblacional que Tonalá, y la mitad de habitantes de la ciudad de Guadalajara.
LLegué a Tlaquepaque manejando por la avenida Revolución, tomé Marcelino García Barragán hasta atravesar los arcos de bienvenida y pasar por la Pila seca. Hice 20 minutos del centro de Guadalajara hasta aquí, un sitio al que por obligación tenía que visitar: El Parián, una enorme cantina del tamaño de una cuadra completa que desde adentro parece un disco solar embriagado por las tradicionales ollitas con tequila y jugo de frutos citricos y las eolicas estrofas de trompetas y acordeones. Ahí conmparten los ingresos varios locales: mariacheros, boleros, cantineros. Tiene al centro del patio un pequeño kiosko. En torno a él, cantando, encontré a una chica con un colorido vestido rosa mexicano, trenzas negras recogidas por encima de las orejas y labios finos y sonrosados. Cuando escuché el solo de esta chica, y bajo el asalto de una videocámara, creí de inmediato que sería una famosa artista a la cual yo no conocía… “Hasta ahora para mañana seguiré caminando y yo dentro de él llorando gotitas del corazón”… Pero no, sólo grababa el video que se proyectaría en la fiesta de sus 15 años, y a la cual yo no estaba invitado. Ni modo.
En El parián no hay crisis, hay alegría y festejo, me lo confirma un mariachero al que le interrumpo la afinación de su bultosa guitarra: “Aquí se canta en las buenas y en las malas; en las alegrías  y los dolores”, me dice.
Ya contagiado por el mareo atmosférico de El Parián, salgo a caminar por la plaza principal. Me sorprende la diversidad de ofertas alimenticias, todas ellas ricas en calorías: algodones de azucar, churros rellenos de cajeta, pan cakes con mermelada, fresas con crema, papas doradas o a la francesa repletas de catsup, salchipulpos, tejuino con nieve, helados de cualquier sabor, elotes cocidos -en vaso- o tostados a las brasas con chile sal y limon; huaraches con carne, sólo con crema, queso, salsa verde o roja, tacos de bistec, adobada, de cabeza, lengua, ojos, sesos, una larga lista de alimentos innumerables.
Yo ya tenía las tripas satisfechas así que camino unos pasos hacia el templo de San Pedro, que no es exactamente tan ostentosa e imponente como la Basilica de San Pedro en El Vaticano, pero quizá es la solidez de sus piedras de cantera o la sombra de los arboles altos y viejisimos del atrio, que respiro una plácida languidez que calma todo mi cuerpo…
La ruta que hay que caminar es la calle Independencia, llamada asi porque por este sitio ingresó Don Miguel Hidalgo y Costilla a Guadalajara, la mañana del 26 de noviembre, pero de 1810. Esta calle fue convertida en andador, por eso es que en este espacio del centro de Tlaquepaque aun se alcanza a percibir el aleteo de las palomas flotando de un punto a otro y se alcanza a respirar el h20 que producen los árboles de alrededor. Sobre esta vía peatonal están ubicados las galerías con los productos que irradian la fama de Tlaquepaque desde tiempos prehispánicos: la alfarería, el arte de las formas terrestres. Es notable la tradición del barro, la textura y los trazos de color, desde estilos mesoamericanos hasta los diseños vanguardistas de los últimos días, como pude degustar en la tienda Antigua de México, al final de la calle, incluso en la del culiacanense, Sergio Bustamente. Hay alfarería y cerámica (decorada a mano), ropa bordada a mano y deshilada, hierro forjado (cobre, soldadura blanca y eléctrica), latón, platería (artículos de uso personal, grabado y filigrana), muebles de madera tallada a mano y decorada al natural; vidrio soplado y estirado, figuras de papel machéy un largo etcétera de emociones tejidas, forjadas y diseñadas para llevar.

Por esto, Tlaquepaque ha logrado fama internacional y es digno de una visita.

Faltó algo?… la Parroquia de San Pedro, el Jardín Hidalgo, el Centro Cultural “El Refugio”, el Museo Pantaleón Panduro, el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad, el Palacio Municipal, el Museo Regional de Cerámica…