Ameli en lucha por su amor

Ameli Ramírez cruzó la frontera de Estados Unidos; fue detenida y y luego liberada, pero su esposo sigue en la cárcel. Foto: Ricardo Ibarra

Ameli Ramírez cruzó la frontera de Estados Unidos; fue detenida y y luego liberada, pero su esposo sigue en la cárcel. Foto: Ricardo Ibarra

SAN FRANCISCO.— Juntos tomaron la decisión: salir de Guatemala antes de que las amenazas de muerte fueran efectivas.

Ricardo recibía misteriosas llamadas telefónicas: “Te vamos a matar”, eran los insistentes mensajes. Ameli no quería tener un marido desaparecido o muerto. Tampoco quería que su hija Meli creciera sin padre. En febrero de 2014 salieron de aquel país centroamericano con el plan de recorrer las tierras mexicanas hasta alcanzar ‘the land of the free’, en el lado de Estados Unidos. Lo cual lograron. Caminaron durante cuatro días y cinco noches por el paisaje desértico de Texas. La patrulla fronteriza los detuvo en seco antes de alcanzar Houston, los esposaron y echaron en las celdas frías de alguna cárcel texana el pasado 5 de febrero.

Ese día fue el último que Ameli vió a Ricardo. Han pasado cerca de cinco meses desde entonces. Esta mujer de estatura baja, rasgos característicos de la estirpe maya y mirada endurecida, cuenta su historia en la cocina de un departamento sin muebles o utensilios visibles, en San Francisco, como si estuviera lista para zarpar en cualquier momento a cualquier lugar.

El 3 de enero Ameli Ramírez y Ricardo Martínez sufrieron un atentado, que ella adjudica al Estado de Guatemala, pues interpusieron una demanda por daños y prejuicios por el encarcelamiento injustificado de tres meses de su marido. Y el 13 de enero ya habían empacado y estaban en camino al norte. “Decidimos arriesgar nuestra vida para venir buscando protección”, contó Ameli.

Los ‘coyotes’ que los ayudaron a cruzar la frontera violaron a una niña, hecho del cual fueron testigos, refirió Ameli. “Yo daba gracias a Dios que inmigración nos agarró. Pensamos que nos iban a tratar mejor, pero fue igual. Nos metieron en las ‘hieleras’, que le llaman, y pues es bastante frío. No se distingue el día de la noche. Todo el día se está encerrado. No sabe uno ni qué fecha es ni qué hora es y la comida que le dan a uno es bastante desagradable y nada de beber”.

La separación de la pareja ocurrió porque a Ricardo, agentes de ICE (Immigration and Customs Enforcement) lo tomaron como testigo de la violación a la pequeña por parte de los contrabandistas. “Yo creo que porque habla inglés, lo agarraron de testigo. A él se lo llevaron para un lado y a mí para otro y ya no supe nada de él”, dijo Ameli.

Después de la separación, Ameli estuvo en seis ‘hieleras’, en una de ellas hasta por 10 días. Luego la pasaron a un asilo para mujeres, donde “ya tenía cobijas y comida un poquito agradable tres veces al día, y ya nos podíamos bañar”.

Hasta los 20 días de estar detenida tuvo su primera entrevista formal con agentes de inmigración, y tras otros 20 días “decidieron dejarme aquí. Gracias a que creyeron mi caso estoy aquí”.

La lucha para reencontrarse con Ricardo le ha costado a Ameli ya miles de dólares, constantes pláticas con abogados y acciones públicas en frente del edificio de ICE en San Francisco. “Él me falta como persona, como esposo y como padre de mi hija. Él es el sostén de mi hogar, es el que trabaja y lo necesitamos, sentimentalmente y económicamente. Nunca nos habíamos separado. En 10 años que llevamos de vivir juntos nunca nos habíamos separado tanto tiempo”.

Meli, la hija de ambos, de ocho años, también ha expresado la ausencia de su papá, pero con dibujos, donde a él lo delinea con los labios encorvados, tristes, y con lágrimas en los ojos.

Así como la familia de Ameli, hay en Estados Unidos 11 millones de indocumentados que pueden ser detenidos y luego deportados, mediante programas como Comunidades Seguras —que en San Francisco ha sido descontinuado—, y que llegan a separar a las familias.

En tanto, las posibilidades de una reforma migratoria en Estados Unidos parecen cada vez más lejana. Apenas la semana pasada, líderes del Congreso advirtieron que quedan 16 días legislativos para el receso de mitad de año.

Escucha la historia de Ameli en su propia voz:

Bombazos a la Reforma Migratoria

'Stop the hate'.

‘Stop the hate’.

En la calle como en las redes sociales abundan las teorías conspiratorias  respecto a los bombazos en el Maratón de Boston.

A cualquiera le ha sido imposible dejar de abordar esta noticia por la insistencia con la que la escupen los más grandes medios de comunicación en los Estados Unidos. La naturaleza real de los ataques serán al final una cuestión ilusoria y quizá insostenible para los ojos de gran parte de la población que ha externado dudas a todo el proceso, desde el momento de la explosión hasta la cacería de los supuestos responsables.

En las pantallas de televisión, el término “cortina de humo” parece casi literal, pues mientras han saturado son su humareda el telón electrónico, las noticias relacionadas con una reforma migratoria justa han sido jerárquicamente sepultadas de los contenidos noticiosos.

No ocurre como en 2006 aquel fenómeno mercantil para las televisoras: “El monstruo dormido despertó”, decían o titulaban. Y los hispanos consumían comerciales mientras contemplaban su fuerza social por la televisión.

Es cierto, los grandes medios dejaron de vernos como mercancía rentable; las bombas, literales, nos han apagado del escenario mediático.

Pero como dicen los hashtags en internet: #ElMomentoEsAhora o #TheDreamIsNow o #immigration o #cir o #cirasap o #SB1070 o #ri4a o #DREAMact o #StopICE. Como quiera que digan, es momento de expresarlo en las calles de los Estados Unidos de América este próximo 1 de mayo, Día del Trabajador.

Comprendámoslo bien: Nosotros somos los Americanos Unidos en todos los Estados: la fuerza del trabajador inmigrante.

Los dejo con un video que realicé en la marcha del 1 de mayo del 2012 en Oakland.

Barras y Logos

Barras y logos. Foto RI

Imagen captada en la manifestación pública del 99% en centro de Oakland el 12 de diciembre, día en que el movimiento de los Ocupas bloquearon en dos ocasiones las actividades comerciales del puerto de esta ciudad asentada en la Bahía de San Francisco.

También es portada de El Mensajero, edición del 1 de enero de 2012.

Mexicanos corriente arriba

Dos empacadores del salmón cerca de glaciares. Foto RI

Ricardo Ibarra / Enviado especial

JUNEAU, Alaska – Cada año, el salmón regresa a su punto de origen, como parte de su ciclo natural de vida. También regresa Juan Rosas a Juneau, Alaska, como parte de su ciclo económico.

Cada junio desde hace ocho años llega Juan a esta pequeña ciudad del norte para trabajar en una añeja y arraigada empacadora de pescado ubicada ahí en el corazón de la comunidad. Luego, a principios de octubre, se va él a su punto de origen, un pueblo de Veracruz, México.

Juan Rosas tiene el cargo de ‘mayordomo’, dice, y aunque participa también dentro del proceso de empaquetado del salmón, desde limpiarlo, cortarlo y colocarlo en el interior de las cajas para su transportación, su especialidad es la preparación de la hueva del salmón: el caviar, una exquisitez que él llega a probar todos los días. “Hay que saber cómo está de sal”, dice con el gesto serio.

Por su experiencia, cuenta con su propio equipo de trabajo, otros dos mexicanos: David Meza, con más de 40 años, y David Cervantes, apenas con 21.

La tarde del domingo 25 de septiembre estaban Juan y David en el departamento que habitan durante cuatro meses, cuando por la ventana notaron un inusual día soleado. Ante este inigualable clima en su día de descanso, y porque estaban por terminar su estancia aquí en Juneau, decidieron salir al centro a comer y pasear.

Los encuentro cruzando una de las estrechas calles, hablando en español. Transcurren unos minutos y pronto se ofrecen como guía de turistas. Mientras me lleven a una zona glaciar, cuentan que la empresa para la cual trabajan no sólo les presta durante la temporada el coche donde viajamos, también les proporciona la gasolina, el departamento y algunos alimentos, por lo que hacen rendir los más de $12,000 que obtienen en esta gélida aventura al norte.

“Nosotros llegamos con el salmón. Este año nos fue muy bien, hubo mucho trabajo”. En este 2011 procesaron varias libras de pescado, “el mejor año de muchos”, destaca Juan Rosas, lo cual significa para él, como empleado, mayores ganancias con las horas extra de trabajo.

El caviar es un producto fino y delicado. “A veces si te pasas un decigramo de sal ya se vuelve de clase B o C, y es cualquier cosa la diferencia para tener la calidad del A”, describe Rosas frente al volante, orgulloso de su precisión.

Llegamos al Mendenhall Glacier, un área cubierta de hielo y glaciares, y a un costado de una corriente de agua señalan Juan y David los restos que dejó algún oso tras disfrutar un pescado. El tema es su pasión. Casi me hacen un experto en un par de horas. De vuelta pasamos por un criadero de salmones donde vemos los últimos peces regresar a ese lugar donde harán el nado final corriente arriba.

Apenas volvemos al auto, el paisaje antes brillante vuelve al grisáceo. Flota entre las montañas un arcoiris. “Ya ves, te dije que teníamos nomás un ratito de sol”, recuerda Juan Rosas con sus ojos de miel y una piel que no pierde su temple costeño a pesar del frío y lo nublado.

Al día siguiente los veo a los dos en la empacadora. Trabajan junto con otros compañeros procedentes de Rusia y países del este de Europa. Ellos lucen sonrientes y contentos: son el centro de atención del fotógrafo. Y, bueno, a final de cuentas, trabajan sus últimos días en Alaska antes de volver al punto de origen.

En un lejano y frío lugar, Alaska

Paisaje cercano a la capital de Alaska, en Juneau. Foto RI

Ricardo Ibarra/ Enviado especial

JUNEAU, Alaska – Es el último día de la temporada turística en este lugar enclavado entre el bosque húmedo de las montañas y algunos canales del océano Pacífico, en el sureste de Alaska.

Como en una película, los comerciantes del primer cuadro empiezan a desocupar las tiendas como si se avecinara un temible monstruo, aunque podría ser algo parecido, cuando lo que viene es el invierno polar.

¿Qué hacen los hispanos en un lugar como éste, lejos del sol y el calor? Esta es la tierra prometida, según la señora Gloria Orozco, oriunda de Zacapu, Michoacán, y dueña del restaurante mexicano El Zarape. “Aquí no se tiene que preocupar uno cómo anda vestido o si está a la moda. Con que ande uno bien abrigado. Para los niños no hay antros. Sí tienen sus fiestas, que les organizan las escuelas. Y el negocio va bien. Este, para mí, es el paraíso”, describe Orozco mientras prepara unos chiles rellenos, que dice, tiene que importar desde California porque acá no crecen. “Aquí hacemos lo que podemos con los ingredientes que hay”.

Pero, ¿para quién prepara los alimentos esta señora, cuando la última embarcación cargada de turistas partió un día antes hacia el sur, a tierras más cálidas?

“No se crea,”, responde Gloria, “aquí no llegan tanto los turistas, ellos llegan rápido a comprar chucherías, recuerditos, y se vuelven a subir rápido al barco. Mis clientes son más bien locales”. Y sobre el frío: “se acostumbra uno”, dice la señora, quien opera dos locales de comida mexicana en Juneau, con ayuda de su esposo, sus hijos e hijas, y hasta una sobrina californiana y amigas locales.

Los latinoamericanos que llegan a Alaska trabajan principalmente en el área de servicios, como en hoteles, restaurantes, hospitales o en la construcción, dice una mujer con más de 40 años en Juneau, nada más y nada menos que la esposa del alcalde, Guadalupe Álvarez, mejor conocida como Lupita. Nacida en la Ciudad de México, por casos del amor llegó a Juneau para quedarse y casarse.

“Yo era bailarina, así conocí a Bruce (Botelho, el alcalde). Anduvimos de gira en la misma compañía por todo el mundo. Nos enamoramos. Cuando llegué a Juneau era un día hermoso, soleado y brillante. Me enamoré del lugar. Nos casamos y así seguimos bailando juntos desde entonces”, cuenta Lupita ahí en la oficina del alcalde donde, por cierto, todos hablan buen español, hasta la asistente.

A pesar de que Juneau es la capital política del estado, la mayor actividad de hispanos, reconoce Lupita, ocurre en Anchorage, donde hay más organización y coordinación entre ellos. Incluso, explica, los legisladores llegan a Juneau cada enero, a principios del año, trabajan en su agenda y en marzo están de vuelta en sus lugares de trabajo, en Anchorage, la mayoría.

Manuel Hernández, un microempresario nacido en Monterrey (México) que atiende en Choco, una boutique en el centro de Juneau, reconoce que la comunidad hispana es unida, aunque “por egos, nunca nos hemos podido organizar. Aquí hay muchos que se compran su camioneta del año y ya no te hablan. Sí falta trabajar más en eso”, acepta y revira: “la verdad es que sin nosotros este lugar no tendría tanta vida, nosotros, los latinos, aportamos nuestra creatividad y originalidad”.

Chilenos, argentinos, colombianos o mexicanos son la mayor cantidad de representantes de Latinoamérica por estos rumbos.

“Lo que pasa es que, mire”, intenta explicar la dueña de El Zarape, la señora Gloria, “aquí hay muchos que se casan con los gringos y ya no se sienten dentro de la comunidad, se van haciendo como más ellos, más gringos”.

Lo cual podría resultar cierto, cuando una guía de turistas colombiana refiere que no puede hablar sobre la comunidad hispana en Alaska, “porque yo conozco más de lo que es de acá”.

En esta película, las calles estrechas de Juneau parecen cada vez más desoladas. Los aparadores de las joyerías no lucen el oro de Alaska que anuncian en los ventanales. Ni la tienda de souvenirs muestra más las camisetas con el 50% de descuento que invita a comprar casi toda la tienda. Poco a poco, Juneau se va convirtiendo más en un pueblo fantasmal. O mejor dicho, los habitantes locales empiezan a ganar más su territorio.

Varios mexicanos, a finales de septiembre y principios de octubre, abandonan sus puestos en las empacadoras de pescado y regresan a sus hogares en México, o siguen con la labor agrícola en estados como Washington o California.

Como dijo Lupita, la esposa del alcalde, casi todas las tiendas del primer recuadro pertenecen a las mismas compañías que operan los viajes turísticos: “se van los barcos y cierran las tiendas”.

Así, hasta marzo, que regrese el salmón. Y los turistas. Y la vida.

Publicado en impreMedia

Hondureños entre águilas y serpientes

Migrante pidiendo informes en Central Camionera de Tijuana. RI

Del sueño americano a la realidad mexicana

TIJUANA/MEXICALI.—Camionetas y granadas. Margarita tiene un secreto. Un silencio con el cual intenta olvidar lo que sucedió en un remoto pueblo de Chiapas, en el sureste de México.

Enmudece, por el miedo. Por su instinto natural de protección. Porque al hablar siente que corre peligro su vida, y la de su familia en Honduras. A la grabadora habla el temor: “Es el crimen organizado. Conocen mi país como la palma de mi mano y la mera verdad son gente que tiene influencia en la policía. El narcotráfico está vinculado, desde la Migración, con el cártel. Si tú das información de ellos, siempre hay gente adentro de ellos que trabajan para ellos, entonces no está bien hablar de ellos”.

Margarita, menor de 20 años, sabe lo que es ocultar datos a un reportero: el nombre de un lugar en Chiapas, donde vivió su experiencia más traumática.

Aun a salvo en el albergue para mujeres migrantes Centro Madre Assunta, en Tijuana, a más de 4,000 kilómetros de Chiapas, de frontera norte a frontera sur, prefiere resguardar en la memoria los detalles más precisos.

En su relato, viajan ella, su tío, una amiga y otro joven rumbo a Estados Unidos, cuando son interceptados por varias camionetas último modelo en un modesto pueblo. Descienden de las naves hombres con armas de alto calibre, chalecos antibalas, “hasta fajas con granadas”. De un instante a otro viajan a bordo de los vehículos con los ojos cubiertos, a oscuras, con rumbo desconocido.

“Cuando uno le pide mucho a dios, dios mueve montañas y pues salimos de ahí con bien. No me tocaron ni el roce de una uña, pero sí estuvimos secuestrados, pero no nos hicieron nada”, dice.

Tal vez nadie más sepa qué le ocurrió exactamente. En el final de su historia ya no incluye a sus compañeros de viaje. Ella logra alcanzar una carretera y una familia cristiana le da un aventón desde Chiapas hasta la frontera norte.

Margarita es de cuerpo joven, mulato y caribeño. En distintos tiempos de su historia destaca el acoso sexual de policías, agentes de migración, narcos…

En su silencio, solo ella conoce la verdad.

Trenes y machetes

El agreste y escabroso paisaje mexicano mostró sus más feroces dientes a Holvan Renieri y su grupo en Mazatlán, Sinaloa, el puerto ubicado 1,420 kilómetros al sur de Tijuana.

A la altura de este famoso puerto costeño del noroeste de México, él y otros dos compañeros son los 25 viajeros que sobreviven montados en “la Bestia”, los trenes de carga que usan los migrantes para recorrer la geografía mexicana.

Cuando se descolgaron del tren en Mazatlán, el personal de seguridad privada les cerró el paso. Como ratones en un laberinto, el único camino libre los llevó a un callejón donde los esperaban sujetos con armas de fuego y machetes. Los despojaron de todo lo que traían encima, dejándolos solo con los bóxers puestos, desnudos y descalzos.

Holvan tiene 23 años. Bebe café y espera a que se enfríe una caliente sopa instantánea que le proporciona el módulo fronterizo del Albergue del Desierto, en la línea Mexicali-Estados Unidos. Hace apenas una hora fueron deportados por la patrulla fronteriza estadounidense.

Holvan es el único que toma la palabra: “Nos desnudaron, nos quitaron todo: los zapatos, el dinero, y todavía lo golpean con unos machetes, con lo ancho le dan en el lomo a uno”, lo dice con ropa ajena que alguien le regaló en su camino al norte.

Cualquier uniformado es una amenaza. Sobre todo en el sur de México, según explican. “Uno le corre a la policía, no por miedo a que lo agarren, sino por miedo a que le quiten el dinero a uno, ellos lo asaltan a uno… todos los policías, pues, así es… de Mazatlán, Sinaloa, para allá, es así”.

Para ellos no terminan las humillaciones. Holvan asegura que en México reciben otro trato, por ser extranjeros. Se cuidan de la policía y hasta el personal de algunos albergues para migrantes: “Tú ves cómo a todos les dan buena comida, y a uno le dan pan con lechuga y mayonesa”, describe, harto y con la piel reseca por tantos rayos ultravioleta.

Balazos iniciáticos

A sus 17 años, la aventura hacia el norte se ha vuelto para Ramón uno de esos viajes iniciáticos donde el adolescente termina por convertirse en hombre.

En esta carrera contra la pobreza económica de su madre que lo despidió en Honduras, Ramón ha visto y hecho lo que nunca imaginó. Escapó de los Maras, los Zetas, la policía mexicana. Lleva cuatro meses en su intento de cruzar a Estados Unidos.

Mientras recupera los ánimos para cruzar la frontera es empleado en una carpintería cercana al Albergue del Desierto, en Mexicali, un oficio nuevo que tal vez no encaje con su anatomía: cuerpo largo, esbelto, piel tostada, cabello rizado y ojos verdosos, como uno de esos chicos que pueden ser imaginados bajando cocos en alguna playa tropical.

¿Qué es México para este joven hondureño? “Peligro”, responde sin dudarlo.

Desde que montó “la Bestia”, junto con un par de amigos hondureños y otros dos salvadoreños que conocieron en esta aventura ya casi mítica para los centroamericanos, sorteó los peligros de la Mara Salvatrucha, cuando en Chiapas bajaron a montones del tren.

Luego, en Tierra Blanca, Veracruz, desmontaron el vagón a toda prisa, pues a balazos, personas que se identificaron como los Zetas detuvieron el ferrocarril y bajaron a los migrantes para despojarlos o secuestrarlos.

“Nosotros ya no vimos qué pasó, si los mataron o se los llevaron. Íbamos hasta atrás del tren y pues nos bajamos rápido y corrimos”.

Águila o Sol

Los caminos de México son para los migrantes centroamericanos como una moneda lanzada al aire, con el águila y el sol como único designio. La vida y la muerte en manos de alguien más. Alguien que porta un arma de fuego para gestar una realidad mexicana cada vez más violenta.

El descubrimiento de 72 cadáveres pertenecientes a migrantes en un terreno baldío de Tamaulipas, en agosto de 2010, encendió la alarma de la nueva cotidianidad: secuestrar migrantes, integrarlos al crimen organizado y, si no, matarlos.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos en México (CNDH) difundió en 2010 un estudio que documenta 214 secuestros masivos en los estados de Veracruz, Tabasco Tamaulipas, San Luis Potosí, Chiapas y Oaxaca, tan solo de abril a septiembre del año pasado.

En total, en 2010 fueron secuestrados unos 20,000 migrantes en México, según la CNDH.

Este 2011, México aprobó una ley para proteger a los migrantes. Mientras, el juez Baltasar Garzón ha mencionado que existe en el vecino país del sur una profunda crisis humanitaria.

Cálculos de distintas organizaciones señalan que unos 300,000 migrantes centroamericanos penetran el territorio mexicano en la búsqueda del llamado sueño americano.

México aprobó a mediados de este 2011 una nueva Ley de Migración, con un reglamento al que le falta dar seguimiento, pero sobre todo, poner en práctica.

Cálculos de distintas organizaciones señalan que unos 300,000 migrantes centroamericanos penetran el territorio mexicano con la intención de alcanzar la línea con Estados Unidos. En total, en 2010, fueron secuestrados unos 20,000 migrantes en México.

Ir y venir por la frontera

Del sueño americano a la realidad mexicana

Ángel intentará cruzar la frontera de Estados Unidos con documentos falsos, lo narra en un camión que lo lleva de Tijuana a Mexicali

TIJUANA/MEXICALI.— Trastabillea. De pronto, Ángel sostiene una convicción: su vida no tiene futuro en México.

No es tanto por el hijo que lo espera después de la frontera, en Pittsburg, California. O por su mujer, que también lo aguarda. El viaje en camión por la árida carretera de Tijuana a Mexicali le inspira reflexiones más allá de ese desierto, cuando con voz entrecortada afirma: “Pos aquí no hay futuro, man, la mera verdad. Está bien difícil… la vida aquí en México. Está muy fea. No me gusta aquí. Por eso me voy pallá”.

Ese “pallá” es el norte de miles de migrantes mexicanos, centroamericanos, asiáticos, indios, insatisfechos vacacionistas europeos. Es la nación de los Estados Unidos. La tierra de los sueños. El país que en los últimos años transita la peor crisis de toda su historia, con una deuda internacional superior a los 14 billones de dólares. Pero aún, el gran mito dorado en este arcaico continente americano.

Ángel ha visto de todo. Enloqueció con el alcohol y las drogas en Tijuana. Estados Unidos lo compuso, asegura. “Allá hay muchas reglas que uno tiene que respetar y se hace mejor persona. Y aquí no, men. Aquí vives como quieres, allá tienes que trabajar para comer, tienes que pagar renta, tienes que hacer muchas cosas allá y eso te hace mejor persona, y pues ser una persona más útil, ¿sí me entiendes?

“Aquí lo más fácil es ir a drogarse y a tomar y todo eso, y uno se pierde, la neta. Hay hasta gabachos perdidos ahí [en Tijuana]. Pa mí no es vida eso, por eso no me gusta a mí eso. Un tiempo yo anduve así y allá me compuse. Tengo mi trabajo, mi carro, mi dinero”.

Un “coyote” le pagó a Ángel el autobús en que viaja a Mexicali. Le conseguirá papeles falsos. Lo pasará por la línea. Ángel saludará al policía de migración. Quizá cante el himno estadounidense para corroborar su ciudadanía y su fidelidad a las barras y las estrellas. Dice que ha vivido 10 años en California, que ha pagado sus impuestos al IRS, ha trabajado como carnicero en una reconocida firma de tiendas, que un día va a casarse con la madre de su hija —en cuanto esta cumpla los 21 años—.

Ya que llegue de nuevo a su hogar, le pagará 4,000 dólares al “coyote” que le facilitó el papeleo. “Es de confianza”, dice, “ya me conoce”.

En su viaje de regreso a los States, no viene solo. Lo acompañan su hermano y su primo, ambos con historias similares.

José Luis, el hermano, ya conoce lo que están por hacer. Este es su onceavo intento de escapar de México. En tres ocasiones logró burlar al desierto y sus guardianes. Trabajó por tres años en Pittsburg con Ángel, haciendo de todo. Ahora viene por más. “Está bonito allá”, reconoce.

Su historia difiere a la de su hermano, por las diversas ocasiones que fue alcanzado por “la migra”. Sabe que en esta ocasión no la tiene fácil, pero está dispuesto a tomar el riesgo. Tiene sus convicciones: “Es un cambio pa uno, algo bien pa uno mismo. En Ensenada no hay trabajo y el dinero no te rinde y allá [Estados Unidos] es jugarse el todo por el nada y agarrarse lo suyo, porque sí está canijo”.

Cuando el autobús llega a Mexicali, ambos hermanos y el primo se escurren en los corredores de la pequeña estación camionera. Se pierden de vista. Su suerte será echada del otro lado.

Aquí y allá

Todos los días hay alguien que intenta conquistar las montañas del desierto estadounidense, hasta clavarse en algún McDonald’s de California o Texas, Arizona o Nuevo México. Y cada día hay deportados.

En la línea fronteriza Mexicali-Estados Unidos, el Albergue del Desierto tiene un módulo de atención a migrantes que son repatriados por esta puerta. Los reciben, los rehidratan, les proporcionan sopas instantáneas, café, y vámonos, a seguir intentando cruzar.

“Esto es como de rutina para los que vamos para allá”, comenta Jesús Ávila, un hombre con casi 40 años, originario de Minatitlán, Veracruz.

El Departamento de Seguridad Nacional (Homeland Security), lo acaba de deportar y ahora terminó con el Maruchan y el café que le proporcionó la extensión fronteriza del albergue.

Aquella noche a principios de junio, más de 20 mexicanos se internaron por el pueblo de La Rumorosa, en Baja California, rumbo a Estados Unidos. Anduvieron un par de noches vigilando cualquier oportunidad de burlar a la patrulla fronteriza, hasta que “ya nos agarraron, no hay más”, se consuela Ávila.

De un momento a otro, este hombre oriundo de un pueblo costeño en el sureste mexicano, lanza una explicación sobre el porqué “se arriesga uno”. Una declaración profunda que dice de manera tan ligera que parece un cuento que ha repetido innumerables veces: “Ta bueno allá el billete, aquí en México ta jodido. Por eso vamos para allá. Yo lo que tengo lo he hecho en Estados Unidos. Aquí no he hecho nada en México. Lo que tengo yo, gracias a dios, lo he hecho allá. Por eso se arriesga uno”.

Y le sigue: “Aquí en México, las autoridades mexicanas… la raza política, es la que se está comiendo el dinero”. Vuelve a reiterar, reafirmando su postura: “Por eso vamos para allá”.

Más de la mitad de los mexicanos viven en la pobreza, según datos del especialista Julio Boltvinik, del Colegio de México. Jesús Ávila se reconoce entre esa inmensa mayoría de 80 millones de mexicanos. “No digo que no haya trabajos bien pagados [en México], hay trabajos bien pagados, lo que pasa es que son para la minoría y los que somos la mayoría, nada. Te vienes ganando 150 pesos 200 pesos al día, no te sirve eso para nada. No te sirve, las cosas han subido, están bien caras. ¿Qué haces? No, pues mejor vámonos para allá”.

Este espíritu no es individual. Tampoco pertenece únicamente a esos 25 hombres recién deportados que lucen caras resecas y asoleadas en el módulo fronterizo del albergue.

Tan solo en 2010, el DHS deportó a 387,000 inmigrantes. Eran originarios de México (73%), Guatemala (8%), Honduras (6%) y El Salvador (5%).

También detuvo a 517,000 extranjeros, de los cuales 83% eran nativos mexicanos.

En total, ese año de 2010, el DHS retornó a sus países de origen a 476,000 personas.

Con estos números, la administración del presidente Barack Obama se consolida como la que más inmigrantes deportará en la historia de los Estados Unidos.

Los repatriados de Obama

Tan solo en 2010, el DHS deportó a 387,000 inmigrantes. Eran originarios de México (73%), Guatemala (8%), Honduras (6%) y El Salvador (5%).

Del sueño americano a la realidad mexicana

Este fin de semana El Mensajero publica el especial multimedia “Del sueño americano a la realidad mexicana”, una cobertura periodística que realicé en la frontera noroeste de México, entre las ciudades de Tijuana y Mexicali.

Esta presentación muestra que la ruta para llegar a Estados Unidos es un camino salvaje, que alcanza su episodio más espinoso en México. Este nomadismo norteamericano es para millones de seres errantes una brutal iniciación a las viejas carencias de este naciente siglo 21.

Sicarios armados hasta los dientes, pandillas tatuadas con la maldad, un tren apodado “la Bestia”, la perversión policiaca, el perenne racismo mexicano, el engaño y la traición del “coyote”, la ilegalidad, el muro, el hambre, la sed, son todas pruebas que deben superar los migrantes para salir vivos de este masivo éxodo por la supervivencia.

“Del sueño americano a la realidad mexicana” presenta los rostros y las voces de esas personas que pasan muchas veces como datos, cifras o números de un fenómeno que no es nuevo, pero sí cada vez más peligroso y mortal.

Lo que viven los migrantes centroamericanos, que por fuerza deben pasar por territorio mexicano, los enfrenta a la dura realidad de andar como presas entre águilas y serpientes.

México padece una severa crisis humanitaria que ni la nueva ley de migrantes podrá remediar, así como la Constitución de 1917 no ha podido brindar los derechos básicos a los ciudadanos en casi 100 años.

Esto es un retrato cruel del noroeste de México: la última frontera de la mal llamada Latinoamérica.

Espéralo este 2 de octubre.