Cultura y resistencia nativa en América, cuatro podcasts de Radio Indígena

Cantos pai pai · Delfina Albáñez entona las canciones del desierto de Baja California

Yaquis en defensa del agua · El vocero Tomás Rojo habla de la Caravana por el agua, el territorio, el trabajo, la vida en México

Julieta Casimiro · La zapoteca de los hongos sagrados en Oaxaca

Berta Cáceres · Historia de la mujer que detuvo a la compañía constructora más poderosa del planeta

Berta Cáceres, defensora de la vida

Los indígenas lenca de Honduras lograron detener el proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, desarrollado por la mayor constructora de represas en el mundo, la compañía china, Sinohydro, y la empresa hondureña Desarrollos Energeticos SA (Desa). La batalla fue organizada por una mujer, Berta Cáceres.

En una entrevista realizada por nuestra compañera Chelis López, Berta Cáceres cuenta la estrategia de lucha que siguió el pueblo lenca para suspender las actividades del monstruo privatizador del agua en Honduras.

Además, este domingo 3 de mayo son las elecciones en Cherán, Michoacán, la tierra de la gente purépecha que logró recuperar su autonomía. Desde allá, una joven nos cuenta su forma de autogobierno y cómo ven allá a esos partidos políticos que ahora disputan los poderes públicos en México.

Cantos pai pai, voces del desierto de Baja California

En el desierto susurran voces. Escucha los cantos de Delfina Albáñez, indígena pai pai de Santa Catarina, un poblado cercano a Ensenada, Baja California.

Como Delfina nos dijo, sus canciones ceremoniales son un homenaje a la naturaleza y están dirigidos a dar gracias a la vida misma, a las estrellas, a los pájaros, a los animales, a los montes, al agua.

Conoce también la lucha de Berta Cáceres, quien apoyó a la comunidad de indígenas lenca en Honduras para detener la construcción de una presa hidroeléctrica, acción por la cual recién obtuvo el premio ambiental Goldman.

Niños migrantes que no llegan con sus madres

Niño en una protesta frente al edificio del ICE en San Francisco. Foto: Ricardo Ibarra

Niño en una protesta frente al edificio del ICE en San Francisco. Foto: Ricardo Ibarra

SAN FRANCISCO.— Ella grita. Repite a coro los cánticos que alguien más vocifera a través del megáfono, sean en español o en inglés. Afuera del fortín del ICE, sobre la calle de Sansome, una multitud, principalmente de mujeres, se ha reunido para demandar a las autoridades de inmigración y al DHS (Departamento de Seguridad Nacional) que dejen libres a los miles de niños que han sido retenidos en cárceles o albergues de la frontera sur de Estados Unidos.

Ahí está Mariana Aguilar. Indocumentada. Madre de tres varones. La situación que viven miles de niños encarcelados al cruzar sin papeles a Estados Unidos la ha sensibilizado para contar su semblanza, la historia de 13 largos años sin ver ni abrazar a dos de sus hijos.

“Allá en nuestros países, no se puede vivir”, comienza por decir. “No dejan trabajar a las personas, les roban, están matando a muchas personas los Maras. No hay trabajo, porque no dejan trabajar a las familias y se vienen para acá a este país”.

Harto del hambre y la violencia, su hijo mayor, de 27 años, a quien tuvo que dejar atrás cuando éste contaba apenas 14 años, emprendió el viaje desde Honduras hasta las murallas erigidas al sur de la nación gobernada por Barack Obama. Pero no ha llegado. Sigue errante en el limbo mexicano. “Anda huyendo de los Zetas”, cuenta su madre, ahí al pie del edificio del ICE (Immigration and Customs Enforcement) en San Francisco. “A mi hijo lo andaban persiguiendo porque lo querían matar. Está escondido en México. Es una situación difícil para mí porque [los Zetas, el grupo de narcotraficantes] lo querían obligar a hacer cosas que no quería, que pase droga, y no quiere eso”.

Otro de sus hijos, el de 25 años, sigue en Honduras. Cuida de la abuela. Sin empleo. Cuando compró una motocicleta para transportarse a sus citas de trabajo, cinco hombres lo rodearon y a punta del AK-47 le obligaron a rendir el vehículo. “Siempre le he dicho que la vida es más importante que cualquier cosa”, dice la angustiada madre, Mariana Aguilar. La comunicación con el muchacho tampoco ha sido fácil: cuando adquirió un teléfono móvil otro grupo de sujetos, con “cuchillos y pistolas”, le despojaron de ese vínculo inalámbrico con el exterior.

Mariana Aguilar, delgada, con cincuenta y tantos años de edad, sintetiza así “la situación” en su país de origen: “Hay pandilleros [Maras] que cobran a la gente por vender y la ciudad cobra impuestos. Se paga la mensualidad que se tiene que dar a los pandilleros y al gobierno se pagan los impuestos, entonces, ¿qué viene ganando la gente? A veces no gana ni para comer. Por esas situación se decide venir la gente a este país”.

Escucha la historia de Mariana Aguilar, en su propia voz:

Un camino de sobrevivencia

A pesar de la poca claridad que hay de una eventual reforma migratoria en Estados Unidos, Guillermina Castellanos, de la Colectiva de Mujeres, confía en que ese cambio legislativo llegará para reparar la condición civil de millones de inmigrantes.

“Un luchador de la comunidad nunca pierde la esperanza y la fe, y yo, como trabajadora de la comunidad, voy a continuar luchando incansablemente hasta encontrar un cambio en la justicia social de una reforma migratoria”, promete.

Guillermina también es madre, y abuela, colabora también con el Day Labor, por lo cual simpatiza con las mujeres que trabajan en los hogares o en los campos, muchas de ellas oriundas de El Salvador, Nicaragua y Honduras, que están a la espera de reencontrarse con sus hijos en San Francisco o cualquier otra ciudad del Área de la Bahía, o incluso ya hicieron esa travesía junto con sus niños.

“Ellas tienen mucho miedo”, cuenta, “porque nos platican todo el sacrificio que pasan los niños al venir a este país. No es como cruzar de México aquí a los Estados Unidos, sino que ellas vienen cruzando con muchos retos, mucha violencia, abuso sexual, robo, golpeados por narcotraficantes. Tienen mucho miedo de que ellas se vayan a encontrar en esta misma situación”.

Ariana Gil Nafarrate, organizadora de actividades en Mujeres Unidas y Activas, alertó que los niños que llegan a la frontera de Estados Unidos desde Centroamérica no lo hacen sólo para buscar una oportunidad en este país “sino para salvar su propia vida”.

El presidente Barack Obama, dijo, “señala al Congreso y el Congreso a Obama, y ellos tienen el poder de dar asilo a estos niños y a los inmigrantes indocumentados aquí en este país”.

Hizo un llamado a la población: “No sólo porque la gente tenga su estatus ya arreglado, y tampoco por ser hispanos o latinos, sino por ser gente inmigrante tenemos que unirnos y apoyar para conseguir las reformas, como podamos”.

La crisis generada por el incremento en las detenciones de menores inmigrantes que viajan solos forzó al gobierno a abrir albergues temporales habilitados en las bases militares del Fuerte Sill, en Oklahoma, la Base Lackland, en San Antonio, Texas, y en la Base Naval de Ventura, California.

Según el DHS, desde octubre de 2013 hasta mayo de 2014, un total de 52,000 menores de edad han sido detenidos en la frontera con México.

Ciudadanos estadounidenses organizados en la Stop Mass Incarceration Network advirtieron que muchos de los niños detenidos en la frontera, señalado por la administración de Obama como una “crisis humanitaria”, están siendo encarcelados y aislados: sin acceso a reporteros o fotógrafos de los medios; además de que al público en general se les niega cualquier contacto con ellos, sin la posibilidad de inspeccionar las condiciones de su confinamiento.

Una carta que distribuyen a los transeúntes ahí en la banqueta de la calle Sansome, advierte: “Estos niños necesitan atmósferas de vida positivas y disfrutables, ¡no encarcelación y deportación masiva”.

Solicitud presidencial

Barack Obama solicitó al Congreso aprobar siete demandas para “resolver” la crisis humanitaria generada por el tumulto de infantes detenidos por la Patrulla Fronteriza, descritas enseguida:

Autoridad adicional para el secretario del Departamento de Seguridad Interna (DHS), de ejercer su discreción en el trámite y repatriación de menores no acompañados que vienen de países no fronterizos con EE.UU. tales como Guatemala, Honduras y El Salvador.

Aumentar las sanciones para quienes trafican migrantes vulnerables, como son los niños.

Acción para asignar fondos suplementarios de emergencia que apoyen una estrategia “agresiva” de disuasión centrada en la expulsión y la repatriación de quienes han cruzado la frontera recientemente.

Un aumento de la seguridad fronteriza sostenido a través del reforzamiento de las leyes de seguridad nacional, incluyendo la prohibición y persecución de las redes criminales.

Un aumento significativo de los jueces de inmigración, reasignando algunos jueces para adjudicarles casos de quienes cruzan la frontera recientemente, y el establecimiento de instalaciones correspondientes para agilizar el procesamiento de casos relacionados con los que cruzaron la frontera en las últimas semanas.

Un esfuerzo intensificado “para trabajar con nuestros socios de Centroamérica para repatriar y reintegrar a los emigrantes repatriados a sus países”, haciendo frente a las causas de origen de la migración, y comunicar la realidad sobre el peligro de estos viajes.

Asignar los recursos necesarios para detener, procesar y darles el cuidado adecuado a los niños y adultos que están cruzando la frontera ilegalmente.

Ir y venir por la frontera

Del sueño americano a la realidad mexicana

Ángel intentará cruzar la frontera de Estados Unidos con documentos falsos, lo narra en un camión que lo lleva de Tijuana a Mexicali

TIJUANA/MEXICALI.— Trastabillea. De pronto, Ángel sostiene una convicción: su vida no tiene futuro en México.

No es tanto por el hijo que lo espera después de la frontera, en Pittsburg, California. O por su mujer, que también lo aguarda. El viaje en camión por la árida carretera de Tijuana a Mexicali le inspira reflexiones más allá de ese desierto, cuando con voz entrecortada afirma: “Pos aquí no hay futuro, man, la mera verdad. Está bien difícil… la vida aquí en México. Está muy fea. No me gusta aquí. Por eso me voy pallá”.

Ese “pallá” es el norte de miles de migrantes mexicanos, centroamericanos, asiáticos, indios, insatisfechos vacacionistas europeos. Es la nación de los Estados Unidos. La tierra de los sueños. El país que en los últimos años transita la peor crisis de toda su historia, con una deuda internacional superior a los 14 billones de dólares. Pero aún, el gran mito dorado en este arcaico continente americano.

Ángel ha visto de todo. Enloqueció con el alcohol y las drogas en Tijuana. Estados Unidos lo compuso, asegura. “Allá hay muchas reglas que uno tiene que respetar y se hace mejor persona. Y aquí no, men. Aquí vives como quieres, allá tienes que trabajar para comer, tienes que pagar renta, tienes que hacer muchas cosas allá y eso te hace mejor persona, y pues ser una persona más útil, ¿sí me entiendes?

“Aquí lo más fácil es ir a drogarse y a tomar y todo eso, y uno se pierde, la neta. Hay hasta gabachos perdidos ahí [en Tijuana]. Pa mí no es vida eso, por eso no me gusta a mí eso. Un tiempo yo anduve así y allá me compuse. Tengo mi trabajo, mi carro, mi dinero”.

Un “coyote” le pagó a Ángel el autobús en que viaja a Mexicali. Le conseguirá papeles falsos. Lo pasará por la línea. Ángel saludará al policía de migración. Quizá cante el himno estadounidense para corroborar su ciudadanía y su fidelidad a las barras y las estrellas. Dice que ha vivido 10 años en California, que ha pagado sus impuestos al IRS, ha trabajado como carnicero en una reconocida firma de tiendas, que un día va a casarse con la madre de su hija —en cuanto esta cumpla los 21 años—.

Ya que llegue de nuevo a su hogar, le pagará 4,000 dólares al “coyote” que le facilitó el papeleo. “Es de confianza”, dice, “ya me conoce”.

En su viaje de regreso a los States, no viene solo. Lo acompañan su hermano y su primo, ambos con historias similares.

José Luis, el hermano, ya conoce lo que están por hacer. Este es su onceavo intento de escapar de México. En tres ocasiones logró burlar al desierto y sus guardianes. Trabajó por tres años en Pittsburg con Ángel, haciendo de todo. Ahora viene por más. “Está bonito allá”, reconoce.

Su historia difiere a la de su hermano, por las diversas ocasiones que fue alcanzado por “la migra”. Sabe que en esta ocasión no la tiene fácil, pero está dispuesto a tomar el riesgo. Tiene sus convicciones: “Es un cambio pa uno, algo bien pa uno mismo. En Ensenada no hay trabajo y el dinero no te rinde y allá [Estados Unidos] es jugarse el todo por el nada y agarrarse lo suyo, porque sí está canijo”.

Cuando el autobús llega a Mexicali, ambos hermanos y el primo se escurren en los corredores de la pequeña estación camionera. Se pierden de vista. Su suerte será echada del otro lado.

Aquí y allá

Todos los días hay alguien que intenta conquistar las montañas del desierto estadounidense, hasta clavarse en algún McDonald’s de California o Texas, Arizona o Nuevo México. Y cada día hay deportados.

En la línea fronteriza Mexicali-Estados Unidos, el Albergue del Desierto tiene un módulo de atención a migrantes que son repatriados por esta puerta. Los reciben, los rehidratan, les proporcionan sopas instantáneas, café, y vámonos, a seguir intentando cruzar.

“Esto es como de rutina para los que vamos para allá”, comenta Jesús Ávila, un hombre con casi 40 años, originario de Minatitlán, Veracruz.

El Departamento de Seguridad Nacional (Homeland Security), lo acaba de deportar y ahora terminó con el Maruchan y el café que le proporcionó la extensión fronteriza del albergue.

Aquella noche a principios de junio, más de 20 mexicanos se internaron por el pueblo de La Rumorosa, en Baja California, rumbo a Estados Unidos. Anduvieron un par de noches vigilando cualquier oportunidad de burlar a la patrulla fronteriza, hasta que “ya nos agarraron, no hay más”, se consuela Ávila.

De un momento a otro, este hombre oriundo de un pueblo costeño en el sureste mexicano, lanza una explicación sobre el porqué “se arriesga uno”. Una declaración profunda que dice de manera tan ligera que parece un cuento que ha repetido innumerables veces: “Ta bueno allá el billete, aquí en México ta jodido. Por eso vamos para allá. Yo lo que tengo lo he hecho en Estados Unidos. Aquí no he hecho nada en México. Lo que tengo yo, gracias a dios, lo he hecho allá. Por eso se arriesga uno”.

Y le sigue: “Aquí en México, las autoridades mexicanas… la raza política, es la que se está comiendo el dinero”. Vuelve a reiterar, reafirmando su postura: “Por eso vamos para allá”.

Más de la mitad de los mexicanos viven en la pobreza, según datos del especialista Julio Boltvinik, del Colegio de México. Jesús Ávila se reconoce entre esa inmensa mayoría de 80 millones de mexicanos. “No digo que no haya trabajos bien pagados [en México], hay trabajos bien pagados, lo que pasa es que son para la minoría y los que somos la mayoría, nada. Te vienes ganando 150 pesos 200 pesos al día, no te sirve eso para nada. No te sirve, las cosas han subido, están bien caras. ¿Qué haces? No, pues mejor vámonos para allá”.

Este espíritu no es individual. Tampoco pertenece únicamente a esos 25 hombres recién deportados que lucen caras resecas y asoleadas en el módulo fronterizo del albergue.

Tan solo en 2010, el DHS deportó a 387,000 inmigrantes. Eran originarios de México (73%), Guatemala (8%), Honduras (6%) y El Salvador (5%).

También detuvo a 517,000 extranjeros, de los cuales 83% eran nativos mexicanos.

En total, ese año de 2010, el DHS retornó a sus países de origen a 476,000 personas.

Con estos números, la administración del presidente Barack Obama se consolida como la que más inmigrantes deportará en la historia de los Estados Unidos.

Los repatriados de Obama

Tan solo en 2010, el DHS deportó a 387,000 inmigrantes. Eran originarios de México (73%), Guatemala (8%), Honduras (6%) y El Salvador (5%).