“Revolt” with Plaza 16 Coalition

Called himself “Revolt”. He’s in the Bay Area. Sang this hip hop rhythm at a Plaza 16 Coalition event talking about gentrification in the Mission and in San Francisco, and, well, Oakland too… Also the Bay Area. Wait, ain’t this happening in all the world?

#LasInsólitasImágenesdeCaifanes en Oakland

¿El fin de la enchilada?

La Mission ya no es la misma. El cierre de algunos restaurantes mexicanos pronostican un nuevo cambio social en el vecindario ‘latino’ de San Francisco

Ricardo Ibarra

El Mensajero

El 2010 vio los últimos días de algunas exquisiteces mexicanas en el barrio de la Mission.

El restaurante Mi lindo Yucatán dejó de surtir panuchos acompañados de salsa habanera en la calle Valencia. En esta misma vía y a finales del año, Mariachi’s Taquería no abrió más sus puertas a los hambrientos de burritos. Y en South Van Ness, Los Rosales dejaría un hueco en el estómago a quienes buscaron enchiladas en salsa verde, pozole o las tortas de carnitas, encontrando de un día para otro un establecimiento cerrado.

Lo único que quedó en la boca de la clientela fueron interrogantes. ¿Adónde se fueron? ¿No más comida mexicana? ¿Es el fin de la enchilada en la Mission?

Uno pensaría que el servicio de estos tres restaurantes era malo y que los comensales terminaron por evitar los menús de estos lugares. Pero en Yelp, ese sitio en internet donde personas comunes y corrientes pueden verter sus críticas, gustos y disgustos de distintos locales comerciales, calificaron a estos sitios con cuatro estrellas, casi cinco.

Mi lindo Yucatán tiene 71 opiniones. El ultimo dice: “Estoy triste por reportar que mi taquería favorita de San Francisco está ahora cerrada”, escribió Tom M., de Oakland. En este mismo sitio de internet, Mariachi’s Taquería tiene 201 opiniones. Una de las personas se preguntaba: “¿Por qué cerraron? ¿Qué pasó? ¡En verdad disfrutaba de este lugar!”, acompañado el mensaje por una carita triste. Finalmente, en el apartado de Los Rosales, se lee: “Simplemente, sin dudas, mi lugar favorito para comer en la ciudad”, escribió el usuario Jimmie L.

En fin, internet no daba razones del porqué del cierre de estos comercios. En Mariachi’s, desde diciembre del año pasado se puede leer un mensaje escrito en inglés y pegado al aparador: “Queridos clientes y amigos, lamentamos informarles que después de servirles por 14 años en el Distrito de la Mission, Mariachi’s está ahora cerrado permanentemente”.

Hay muchas teorías. Aurora Grajeda, por ejemplo, activista social y residente del barrio de la Mission por más de 40 años, considera que, en definitiva, esta zona de la ciudad no es para nada lo que solía ser, con el brillo latino en cada esquina.

“Es un cambio social. Muchos negocios han tenido que moverse a los suburbios. Esto era un mercado. A partir de que los ‘yuppies’ comenzaron a abrir negocios en Valencia el costo de las rentas se fue para arriba. Ya no es el lugar vibrante y de precios bajos. Las rentas subieron mucho y para muchas familias mexicanas se volvió prohibitivo vivir aquí”.

Esto en parte es cierto, asegura Óscar Rosales, ex propietario de Los Rosales restaurante. El último incremento a la renta fue en 2010, de 2,900 a 3,600 dólares mensuales. “Son 700 extra cada mes. Sí duelen, más los aumentos de la luz, el agua, el gas, todo. La verdad que era difícil: permisos, inspecciones, requieren de bastante dinero, pero honestamente”, confiesa Rosales, “lo principal fue una demanda”, la que terminó por derrumbar el esfuerzo de años.

“Una empleada metió una demanda, ahí fue donde comenzó el problema”, explica el ex restaurantero frente a lo que fue su negocio en la esquina de S Van Ness y la 14. “En algún momento nos pidió que le diéramos más horas de trabajo, pues era madre soltera y no podía mantener su hogar. Le dimos más horas, pero luego nos enteramos de que era en contra de la ley”.

“Lo supimos el 12 de junio. Ella dejó de trabajar en mayo y fue porque le cortamos horas. Tuvimos que declararnos en bancarrota porque ella estaba reclamando cerca de 50,000 dólares y exageró en sus declaraciones. Fueron tres meses buscando un acuerdo entre abogados y no tuvimos otra opción más que cerrar, porque la verdad no podíamos pagar”.

Para conocer la cantidad de restaurantes mexicanos sobrevivientes en San Francisco, buscamos al Consulado Mexicano de esta ciudad. El secretario de Asuntos económicos y comerciales, Gerardo Chong, solo pudo responder que no tenía dato alguno relacionado con el tema, que mejor lo “googléaramos”.

Quien sí proporcionó una lista es Golden Gate Restaurant Association, con opciones como el Maya, Ándale, Mijita, Little Chihuahua, Iron Cactus, Margarita, Tres agaves y Tropisueño. Todos en San Francisco.

Si busca algo en la Mission y tiene antojo por lo mexicano, quedan por supuesto, Puerto Alegre, San Jalisco o Los Yaquis. Aunque, claro, el sazón de los desaparecidos será recordado en la memoria del paladar.

Rigoberta Menchú: resplandor de un sol maya

Rigoberta Menchú escucha con respeto los cantos nativoamericanos interpretados en su honor. Foto: Ricardo Ibarra

La Premio Nobel de la Paz 1992 compartió sus conocimientos adquiridos en la selva global a jóvenes de Oakland

Ricardo Ibarra

El Mensajero

La Opinión

OAKLAND.— Cuando una voz anunció al auditorio que tomara sus asientos porque RigobertaMenchú estaba por hacer su entrada, un silencio solemne recorrió el nuevo gimnasio de la escuela Urban Promise Academy. De pronto, los ligeros murmullos fueron rebasados por explosivos aplausos que recibieron a la ganadora del Premio Nobel de la Paz ( 1992), en su andanza sonriente por el pasillo principal del salón, hasta que llegó a la silla que la aguardaba arriba del escenario.

Todos estaban ahí para verla y escucharla, mas nadie le escuchó la voz hasta que transcurrieron rezos ceremoniales con todo y el humo de la salvia del desierto, cantos tradicionales nativoamericanos y otros discursos de líderes pertenecientes al American Indian Movement (Movimiento Indígena Americano), además de los mensajes de bienvenida de los organizadores, Homies Empowerment, en voz de su director César Cruz.

Hasta la recién electa alcaldesa de Oakland Jean Quan tuvo su oportunidad frente al micrófono, donde en compañía de su familia exaltó al público con el “Sí se puede” del movimiento hispano en Estados Unidos e incluso afirmó haber leído algún libro de la guatemalteca originaria de Chimel, Uspatán, con 51 años de trayectoria sobre la tierra.

Cuando por fin llegó el momento esperado en esa noche del 15 de noviembre, Rigoberta Menchú comenzó su charla con un interrogatorio al público asistente: “¿Quién me podría señalar por dónde sale el Sol?”.

Las indicaciones de la audiencia apuntaban a todos los rumbos. Ante la confusión vendría una de las primeras enseñanzas y legado para la juventud ahí reunida. “A donde quiera que uno vaya hay que tener puesta la mirada en la salida del Sol, porque todos somos hijos de la luz. Igual que la mata del frijol, si no le cae la luz se queda raquítico, chaparrito, no crece no es frondoso, y se imaginan si no saliera el Sol qué haríamos nosotros los humanos. Si estamos asustados viendo al Sol todos los días, imagínense qué terrible sería si no saliera el Sol. Entonces para sus futuras generaciones siempre recordarán el Sol en este salón, si tenemos claro dónde está el Sol eso los puede orientar en las cosas de la vida”.

La humanidad está perdida, porque ha olvidado el punto de origen. “Si tú estás frente al Sol, atrás de ti están tus ancestros, los ancestros de millones y millones de años”, dijo Menchú orgullosa de sus raíces maya-quiche. Preguntó al auditorio, quién en ese espacio no tenía antepasados. Ante el silencio, respondió ella misma. “El problema más grande es que a la humanidad se le olvidó que tiene ancestros y se le olvidó que es custodia de un ADN de millones de años, que pasa de generación en generación. Esos son nuestros ancestros”.

Alentó a los jóvenes a diferenciar entre la sabiduría y el conocimiento, por ejemplo, entre saber vivir una vida plena y conocer de tecnología, “del twitter y el internet”. Vestida de colores y flores expresó: “Una clave para tener sabiduría es participar, si ustedes dicen: ‘ah, que el otro haga por mí’, ustedes están renunciando a sus derechos, pero si ustedes dicen: yo intento, yo participo, yo escucho, escucho y escucho, parezco muda, no hablo, pero estoy escuchando por dónde van los caminos que a mí me gustaría llevar”.

Aquí en Estados Unidos, uno de los países más activos en la dinámica de la guerra, Menchú dijo a las caras jóvenes presentes —algunos ex pandilleros—, que “la violencia es una salida cobarde, es el camino de los cobardes porque no saben resolver nada de otra manera. En mucha de la violencia el primer afectado es el que ejerce la violencia porque está enfermo, se enferma de todas las maneras, espiritual, material, colectivo”.

Sentenció: “Una persona que ha hecho daño a otro jamás puede tener una vida de armonía, paz y tranquilidad”.

Enseñó al auditorio que ellos mismos pueden aprender a curarse. “Nos enseñaron que las piedras no hablan, pero son el oído de nuestra madre naturaleza. Busca apoyo en la madre, si somos hijos de la tierra cómo es que la tierra no nos cura. Porque el occidente nos enseña que nosotros vamos a salvar la tierra. Somos muy pretenciosos. ¿Se imaginan que nosotros salvaremos la tierra?, la mentalidad es salvémonos nosotros antes de que la tierra nos recicle. Así es la vida”, dijo aludiendo a la historias ficticias del cine hollywoodense.

Enumeró los actuales enemigos de la humanidad: la droga, el alcohol, el racismo, y algunos discursos políticos. “Voy a los gobiernos, a las instituciones, y dicen: ‘somos defensores de los pueblos indígenas’ y miran su grupo y no hay ningún sólo indígena. Resulta que los defensores de los pueblos indígenas no aceptan ni un sólo indígena en su equipo, ¿entonces qué están haciendo?”. En el mismo grupo demagógico enmarcó a los que apoyan a la juventud y quienes abogan por la equidad de género.

“Si hago una lucha tengo que ser coherente, no podemos predicar lo que no somos capaces de vivir. Y esa es la salida de la juventud. No mientan. Si no pueden hacer una cosa, pues no se puede, pero lo peor es cuando se ofrece y no lo hace. Para que ustedes vean que necesitamos muy pocas cosas para hacer lo que tenemos que hacer. O sea, es una forma de vida lo que tenemos qué cambiar, no una forma de decir, ver, hacer la vida”, señaló mientras su español era traducido al inglés.

Rigoberta Menchú sabe de luchas. Su familia fue torturada y asesinada por militares y la policía guatemalteca conocida como “escuadrones de la muerte”. Sus hermanos eligieron la guerrilla. Menchú decidió ir por el camino de la paz con campañas de denuncia al régimen opresivo de su país y de la constante violación a los derechos humanos del pueblo indígena.

Guatemala no era tierra segura. Escaló el mundo con sus mensajes hasta alcanzar la tribuna de las Naciones Unidas. Para escapar a la represión se exilió en México, donde publicó su autobiografía Yo, Rigoberta Menchú(1983). Regresó a su tierra arropada con la atención internacional y continuó con las denuncias de injusticia. Nunca aprendió a callar lo que sabe.

En el auditorio escolar localizado en el suroeste de Oakland pronunció una vez más lo que sabe, lo que no ha aprendido a silenciar: “Yo sé que hay mucho dolor en la comunidad inmigrante —o llamada inmigrante, porque en realidad es un nombre muy feo, todos tendríamos derecho de vivir donde nos dé la gana—. Yo sé que hay mucha persecución, hay abuso de la policía, yo sé que hay prisión de libertades. Todo eso. Ustedes luchan por eso”.

Ahí parada, ella misma con un rostro de sol redondo, alumbrante y sonriente, dijo sus últimas oraciones. “Una de las formas de cambiar el mundo es tener una educación integral. Entonces usen la computadora, el twitter, todo lo que les da información, pero también usen los valores de la casa, la comunidad, los abuelos, su origen, su identidad, sus idiomas. Tienen tantas herramientas en sus manos”.

Policías al ataque en Oakland

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El Mensajero

La Opinión

Ricardo Ibarra

OAKLAND.— Un joven afroamericano fue baleado por la espalda mientras estaba esposado y sometido con el rostro en el suelo. Era Oscar Grant, 22 años. Murió después del “arresto”.

Eso no es noticia ahora. Ocurrió el 1 de enero de 2009 en la estaciónFruitvale del sistema de transporte púplico BART, en Oakland. Johannes Mehserlefue su victimario. Blanco, de 28 años. Portaba placa y uniforme de policía ese día. El pasado viernes 5 de noviembre fue sentenciado a dos años de prisión por “homicidio involuntario”, según el juez Robert J. Perry en Los Ángeles.

Mehserle obtuvo con esto la sentencia mínima, de hasta 14 años que pudo recibir como condena. Según la defensa, sus manos no encontraron diferencias entre la pistola y el arma de descargas eléctricas. Pero tampoco eso es novedad.

El veredicto no sorprendió a varios de los que asistieron al homenaje en memoria de Oscar Grant, la misma tarde de la decisión judicial en la plaza Frank Ogawa, entre las avenidas Broadway y 14. “Me enoja, pero tampoco me sorprende”, era la declaración constante en el micrófono que hasta las 6:00 p.m. ayudó a liberar enérgicos discursos contra “el sistema”, la policía, el capitalismo y la falsa justicia de la land of the free. Hubo también palabras que evocaron al socialismo, a Martin Luther King, los Black Panthers, a la organización, la educación y la formación de nuevos líderes comunitarios.

La plaza fue el escenario para la expresión pacífica y artística. Todos eran el espíritu de Oscar Grant. Manifestado en verseadas frases raperas, trazos de acrílico sobre maderas, coloridos aerosoles dispersos en mantas y, por supuesto, la oratoria en forma de poemas memorizados y gestos improvisados.

Antes de las 6:00 p.m. Antes de que cayera el sol y la falta de electricidad dejara afónicos a los amplificadores, Cat Brooks, co presidenta del comité organizacional ONYX, llamó a la audiencia a despedir por última vez a los suspuestos espías que vigilaban atentos la manifestación, escondidos en los edificios alrededor de la plaza. “Pero esta vez”, dijo, “hagámoslo así”, señaló con el dedo índice que paseó por los cuatro rumbos acompañado por los otros dedos de unas 300 personas presentes.

En este punto los locales comerciales que mantenían sus puertas abiertas cerraron. Otros continuaron sellados desde el mediodía con capas de triplay en los aparadores., como el Foot Locker, el mismo que fue ultrajado en la pasada manifestación del 8 de julio o como la comandancia policiaca de la zona.

Helicópteros de la policía de Oakland emitían el avispeo de sus hélices desde el cielo del atardecer. Brooks hizo repetir a la multitud sus propias palabras respondidas en coro por las minorías de Estados Unidos —afroamericanos y latinos, principalmente, aunque también había uno que otro asiático y anglosajón—: “Juro dejar este mitin. Regresar a mi comunidad. Educarme. Organizarme. Empoderarme. Y luchar. Lo haré. ¡Lucharé!”.

Minutos antes, Cat Brooks había comentado a El Mensajero que la comunidad estaba furiosa por la resolución dictada a Mehserle, que era “como un manotazo a un niño”. Aún así manifestó que la comunidad afroamericana no podía perder más de sus miembros. “No queremos ni balaceados ni encarcelados. No podemos darnos ese lujo en este momento”.

Eso estaba por verse. Como en la noche todos los gatos son pardos, el arribo de la oscuridad desmanteló otra manera de expresión social: la ocupación callejera.

La marcha

“No hay justicia, no hay paz”, fue otra de las oraciones favoritas de la tarde y noche. Eso mismo ocurrió en Oakland cuando la energía desvocada de los jóvenes se diseminó por las oscuras calles de la ciudad al ritmo del hip hop que salía disparado por estéreos portátiles.

El polvorín reventó ahí mismo en el entrecruce de la 14 y Broadway. Un par de sombras con capuchas en la cara trepó al toldo de un coche varado entre el gentío. Saltaron encima abollando el capote. “No hay justicia, no hay paz”, repetía la concurrencia. Algunos con altavoces. Los elementos policiacos, preparados con tolete, escudos, rodilleras y cascos desde horas antes, contemplaban el espectáculo. Nada hicieron. Tenían su plan.

Cuando parecía que la nutrida caravana no tenía a dónde tirar, por el bloqueo de los antimotines, logró finalmente avanzar por la calle 14 rumbo al sureste. Pero esa era la estrategia de los azules. Con presencia en distintos puntos y las indicaciones desde los helicópteros, obligaron a la marcha a seguir una sola dirección: la 10 y la 3. Con barricadas policiacas por delante y por detrás, el convoy no podía permanecer quieto en esa área abandonada. Parecía que el festín terminaba ahí, pero quienes conducían el avance cargaron hacia el lago Merritt, no sin antes derrumbar algunos alambrados privados. La intención de los que marchaban era llegar al sitio donde todo comenzó: la estación de Fruitvale.

En esta desviación la flota quedó disminuida. Una parte no entró a los terrenos del lago Merritt. Otros más fueron quedando rezagados en la medida que avanzaba la vanguardia. Los cercos policiacos asentados en cada cuadra iban cerrando el paso a los que quedaban atrás. Ocurrían las primeras detenciones de la noche.

Cuando la marcha llegó a un vecindario ubicado entre la 17 y la 6, el colectivo original había sido reducido a unos cincuenta. Para entonces, algunos de los que se manifestaron con violencia en lugar de cánticos, habían destrozado los cristales de un autobús del MUNI y dejado al paso de la marcha carrocerías abolladas y parabrisas hechos pedazos.

Un hombre salió a reclamar los súbitos golpes que recibió su automóvil, pero en cuanto vio las cámaras de televisión enfocándole, unió las manos en señal de una paz budista con la que fingía una falsa resignación a los valores materiales. Con ojos encendidos gritó: “¡Qué carajos les pasa. De qué se trata esto; destruir la propiedad ajena!”. Algunos señalaban como responsables de los desmanes a anarquistas dispersos en la multitud, quienes buscaban la oportunidad de “derrocar al sistema”.

No había por dónde escapar. Los manifestantes estaban rodeados en esa cuadra. Eran alrededor de las 8:00 p.m. Algunos treparon por las escaleras de casas particulares, pero los residentes salieron a defender su territorio, marcando el alto. Un cerco de antimotines comenzó a apretar como emparedado, de esquina a esquina, al grupo de civiles. Por la vanguardia y la retaguardia estrangularon las paredes policiacas, sin posibilidad de salida para los caminantes que arreciaban los cánticos. “No hay justicia…”.

Los medios televisivos tenían el drama necesario para incrementar la audiencia de sus noticieros. Sin posibilidad de cometer fuga, el grupo exclamaba exaltado: “¿Nos van a arrestar igual que a Oscar Grant?”, sin olvidar el propósito de la trayectoria.

Ninguna negociación hubo. La policía ordenó a los medios televisivos evacuar el lugar. Entonces sí. Sin las cámaras, comenzaron los arrestos y el asedio violento de policías contra manifestantes que quizá mantuvieron la calma en todo el recorrido, igual lo único que hacían era utilizar su derecho de expresión y manifestación, tal vez fueron pacíficos en todo el camino. “Están todos bajo arresto. No se resistan”, anunciaba una voz como automatizada. Un joven que apuntaba su dedo índice en la cara de los azules, fue tragado por los antimotines. Desde atrás de la primera fila salieron brazos que lo sujetaron para dominarlo.

Cundió el pánico entre los que quedaban.

“Amigo, mi corazón me está palpitando muy rápido”, dijo uno de los manifestantes, ya delirante. Había entre esos últimos un joven discapacitado, en silla de ruedas, que tras varias súplicas fue evacuado del lugar. Otro joven anglosajón fue bajado al piso por los toletes y los brazos azules de “la ley y el orden”.

La justificación para arremeter de tal manera por parte de la policía de Oakland, fue que la manifestación se había convertido en ilícita cuando alguien intentó despojar a uno de los elementos policiacos de su pistola. Eso inició el zafarrancho que terminó con 152 encarcelados, mismos que esa noche no pudieron llegar a Fruitvale, el lugar donde el mortal error de un policía comenzó con todo esto.