Muerte de una crónica anunciada

Calacas en 3-D. Foto Ricardo Ibarra

 

Cancelación del premio Fernando Benítez en FIL 2012, como sentencia mortal al periodismo mexicano

Los Estados son cada vez más cínicos y evidentes en sus formas de mantener el opresivo control de la sociedad por medio de políticas económico-terroristas.

Pero para exhibirlo, somos necesarios los periodistas. Esos que practicamos un oficio, que en México, parece quieren desaparecer.

Noticias como los casi 100 periodistas entre asesinados y desaparecidos durante los diez últimos años en México o la cancelación este 2012 del Premio Nacional de Periodismo Cultural “Fernando Benítez”, organizado por la Feria Internacional del Libro y la Universidad de Guadalajara, restan la esperanza a quienes intentamos investigar a los funcionarios públicos e informar a las comunidades.

El reportero mexicano, además de coexistir entre instituciones corruptas y la impunidad judicial, laboran en compañías informativas que lejos de brindar garantías y protección, ni siquiera cumplen con las obligaciones marcadas por la ley, en cuanto a prestaciones y seguridad social.

En más de diez años de ejercer este oficio, he visto cómo algunos colegas necesitan hasta tres o cuatro empleos para sacar sus hogares adelante, invirtiendo más de 12 horas de trabajo al día. Muchos de ellos deciden abandonar el oficio para integrar organismos de gobierno.

Hay un plan oculto para convertir a los periodistas en simples voceros de los que retienen el poder. De hecho, hay varias organizaciones que se nombran periodísticas, pero que sirven a las necesidades de grupos políticos. En Guadalajara: Milenio y El Informador son los más evidentes.

La Dirección General de Medios, de la UdeG –con Rogelio Campos al frente–, mantiene una “Lista Negra” con los nombres de reporteros que no están afiliados a los intereses políticos del régimen Padillista. E incluso, puedo confirmar –por experiencia personal– que elimina a aquellos periodistas más críticos e incómodos.

Un colega de La Gaceta, Cristian Zermeño, solía decir que la labor del reportero es “narrar desde la catástrofe”. Ahora lo que parece es que el periodista no sólo intenta contar la descomposición de los gobiernos, la sociedad y su medio ambiente, sino que, como una biografía, comienza a redactar la crónica de un oficio que lucha por mantener la dignidad en medio del caos y la pobreza humana.

Desde mi perspectiva, que la FIL y la UdeG cancelen este año el premio Fernando Benítez –con el que me distinguieron en la categoría de radio en 2006– , obedece a una estrategia que seguramente veremos en la administración de Enrique Peña Nieto: cortar a las voces más críticas de la sociedad, incluyendo en el mismo paquete a periodistas, activistas, defensores de los derechos humanos, líderes campesinos e indígenas.

Justo este 8 de octubre el organismo estadounidense Freedom House presentó el reporte “Libertad en la Red 2012”, donde señala a México como país “parcialmente libre”. Sanja Kelly, quien dirigió la presentación del informe, dijo a Reforma que “la disminución de la libertad en internet en México ocurre en el contexto de la violencia y el crimen organizado, lo que ha afectado directamente la libertad de expresión”. Mientras que el presidente de dicha ONG, David J. Kramer, afirmó que el país “ya llegó a niveles de preocupación, no hay duda. Calificar a México como un país no libre es un esfuerzo para sonar las alarmas y decir que aquí está pasando algo muy grave”.

Por razones como éstas, me sorprendió la justificación de Nubia Macías –directora de la FIL que alguna vez ejerció el periodismo–, para no convocar a la participación de los periodistas mexicanos en el Benítez, porque: “Casi nadie se involucraba o participaba; la presencia era muy baja y de muy baja calidad”. Esto, como si debajo de la sangre derramada durante el sexenio de Felipe Calderón no hubiera grandes hazañas socioculturales en las comunidades de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Jalisco, Michoacán, Sonora, Sinaloa, Chihuahua, Baja California, Yucatán, Veracruz, Puebla, Hidalgo, Morelos, Distrito Federal o el resto del territorio nacional.

En lo que sí coincido es que, como dijo Macías: “Se ha convertido a los periodistas en maquiladores de 85 formatos y la gente, o trabaja y gana su salario, o se dedica a hacer cosas de calidad”. Aún así, no encuentro justificación para demeritar el trabajo de los periodistas que, a pesar de todo, se mantienen en las salas de redacción con sus nombres y obras como únicas pruebas de valor.

Ahora es cuando una organización que se precia de tener fundamentos humanistas, como la UdeG –y su producto: FIL– debieran apoyar a quienes luchan por mantener el oficio periodístico y por dar voz a la sociedad mexicana. De lo contrario, quedará claro que brincan junto con los opresores del pueblo.

Mismo sexo, ¿misma casa?


La Opinión

Ricardo Ibarra

SAN FRANCISCO.— Paciencia es una de las virtudes que tendrá que desarrollar la comunidad gay de California. Al menos, hasta que en diciembre la Corte Federal de Apelaciones del Noveno Circuito decida si es o no constitucional el matrimonio entre parejas del mismo sexo.

La Corte Federal suspendió la decisión del juez Vaughn Walker, quien en días recientes había autorizado los matrimonios entre parejas del mismo sexo a partir de este miércoles 18 de agosto, a las 5:00 p.m.

Ahora las uniones legales de gays y lesbianas tendrán un suspenso indefinido, pues la Corte escuchará del caso hasta diciembre de 2010, y el proceso podría continuar hasta el próximo año, cuando posiblemente llegue hasta la Corte Suprema de Estados Unidos.

El director de asuntos gubernamentales, Mario Guerrero, adscrito a la organización California por la igualdad, explicó que la Corte Federal tendrá que decidir dos asuntos: “Uno es si los opositores, los que apoyan la Proposición 8, podrán apelar”. La segunda se deriva de esta primera elección: “Si eligen que pueden apelar, entonces escucharán el caso y darán su decisión sobre si la Proposición 8 es constitucional o no”.

La Proposición 8 fue votada por los electores de California para eliminar el derecho al matrimonio entre parejas del mismo sexo, en 2008. De manera que la Constitución del estado sólo reconoció la unión civil entre hombres y mujeres.

En este caso, son tres jueces los que integran la Corte Federal de Apelaciones. Edward Leavy, Michael Daly Hawkins y Sidney R. Thomas. Dos de ellos con más tendencias liberales que otro. Esto no es lo relevante, sostiene Guerrero. “Nosotros creemos que los argumentos son lo importante, los mismos con los que el juez Walker tomó su decision para habilitar a la comunidad gay para casarse”.
¿Cuáles son esos argumentos? Pues que la unión legal entre homosexuales no daña la institución del matrimonio. Que tampoco perjudica a los niños sostenidos por estas parejas, y al contrario, los pequeños podrán disfrutar de los mismos apoyos y atenciones que los hijos de un matrimonio heterosexual.

Mario Guerrero, de la organización sin fines de lucro, tiene claro que la discusión llegará hasta la Suprema Corte. Entonces, “no sabemos qué es lo que pueda suceder. Seguramente, tendremos que volver a proporcionar nuestros argumentos, como también lo harán quienes apoyan la Proposición 8. La Corte Suprema tendrá la habilidad de decidir si es constitucional negarle la libertad de casarse a las parejas del mismo sexo”.

La Corte Suprema también tiene la facultad de no escuchar el caso y dejar la decisión a la Corte Federal de Apelaciones o la Corte de Distrito, “entonces quedaría habilitado el matrimonio entre parejas del mismo sexo”, sentencia Guerrero. Y remata: “Es un juego de espera”.

“Los esfuerzos no paran aquí. Tenemos que seguir y no sólo en las cortes, sino en el rango público. Necesitamos conversar con la familia y la comunidad, expicar por qué es importante para nosotros el matrimonio civil. Hay que seguir apoyando a lideres estatales que apoyan a la comunidad gay. La lucha no es sólo en las cortes, también hay que ganar en la decisión del público”, dijo.

Vestidos y alborotados

En México, cuando el novio jamás aparece en el altar para comprometerse con su novia, ante la ley divina, se dice que ella quedó “vestida y alborotada”.

Eso parece que sucedió con la pareja homosexual formada por José Jiménez —42 años, originario de México— y Jimmy Tilley —28 años, de Sequim, Washington—, cuando supieron que no podrían unirse legalmente este sábado 21 de agosto, fecha tentativa para su boda en el City Hall de San Francisco.
Los trajes quedaron adentro del clóset. Los vuelos de familiares y amigos fueron cancelados. Los anillos de compromiso en el interior del estuche. La ilusión en el calendario.

“Estamos decepcionados y tristes, pues no esperábamos esta decision”, confiesa Jiménez. “Sabíamos de la posibilidad, pero no lo esperábamos. Entre mi pareja y yo no cambia nada. Somos los mismos, pero las protecciones civiles que te brinda el matrimonio no las tenemos. Ojalá el próximo año podamos casarnos”.

José y Jimmy tienen más de cuatro años juntos. En 2008 decidieron unir sus vidas bajo el resguardo legal del matrimonio, cuando hubo posibilidad. No lo lograron. Desde entonces piensan en la boda. “Nuestras vidas son iguales a otra pareja casada, sólo que no tenemos los derechos civiles”, expone Jiménez.

Aunque en Ciudad de México fue abierta la discusión respecto a la adopción de niños entre matrimonios homosexuales, y es possible hacerlo en otros países, como Argentina o España, Jiménez asegura que este tema no es relevante en su relación. “No estamos en esa parte de nuestras vidas. No es algo que queramos hacer ahora, pero en unos dos años o cinco o los que sean, hablaremos de la adopción”.

José Jiménez pertenece al grupo de las minorías y la de los discriminados en Estados Unidos. Tiene ascendencia mexicana y es homosexual. Su vida es una constante lucha. Sabe lo que es exigir derechos ciudadanos.

Este es su desenlace: “Algo que los latinos hemos tenido en toda la historia de Estados Unidos es la discriminación. Como latinos tenemos que estar juntos. Las decisiones de las cortes afectan a muchas familias con integrantes gays o lesbianas. A todos nos afecta. Todos somos iguales. Buscamos algo mejor. Cuando mi mamá llegó a Los Ángeles quería que todos sus hijos fueran felices. Yo soy el único que hasta ahora no puede casarse”.

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