De Nobel a Nobel

CARTA ABIERTA DE ADOLFO PÉREZ ESQUIVEL A BARACK OBAMA

Vs la guerra de EEUU. Foto Ricardo Ibarra

Manifestación contra la guerra de EEUU, afuera del Masonic Center en San Francisco, previo a la visita de Obama en abril de 2011. Foto Ricardo Ibarra

Estimado Barack:
Al dirigirte esta carta lo hago fraternalmente y a la vez para expresarte la preocupación e indignación de ver cómo la destrucción y muerte sembradas en varios países, en nombre de la “libertad y la democracia”, dos palabras prostituidas y vaciadas de contenido, terminan justificando el asesinato y es festejado como si se tratase de un acontecimiento deportivo.
Indignación por la actitud de sectores de la población de los EE.UU., de jefes de Estado europeos y de otros países que salieron a apoyar el asesinato de Bin Laden, ordenado por tu gobierno y tu complacencia en nombre de una supuesta justicia.
No buscaron detenerlo y juzgarlo por los crímenes supuestamente cometidos, lo que genera mayor duda; el objetivo fue asesinarlo.
Los muertos no hablan, y ante el miedo a que el ajusticiado pudiera decir cosas no convenientes para los EE.UU., la salida fue el asesinato y asegurar que “muerto el perro se terminó la rabia”, sin tener en cuenta que no hacen otra cosa que incrementarla.
Cuando te otorgaron el Premio Nobel de la Paz, del cual somos depositarios, te envié una carta que decía: “Barack, me sorprendió mucho que te hayan otorgado el Nobel de la Paz, pero ahora que lo tienes debes ponerlo al servicio de la paz entre los pueblos; tienes toda la posibilidad de hacerlo, de terminar las guerras y comenzar a revertir la grave situación que vive tu país y el mundo”.

Sin embargo has incrementado el odio y traicionado los principios asumidos en la campaña electoral ante tu pueblo, como poner fin a las guerras en Afganistán e Irak y cerrar las cárceles en Guantánamo y Abu Graib en Irak. Nada de eso has logrado hacer; por el contrario, decides comenzar otra guerra contra Libia, apoyada por la OTAN y la vergonzosa resolución de las Naciones Unidas de apoyarla; cuando ese alto organismo, empequeñecido y sin pensamiento propio, ha perdido el rumbo y está sometido a las veleidades e intereses de las potencias dominantes.

La base fundacional de la ONU es la defensa y promoción de la paz y dignidad entre los pueblos. Su preámbulo dice: “Nosotros los pueblos del mundo”, hoy ausentes de ese alto organismo.

Quiero recordar a un místico y maestro que tiene en mi vida una gran influencia, el monje trapense de la Abadía de Getsemaní en Kentucky, Tomás Merton, quien dice: “La mayor necesidad de nuestro tiempo es limpiar la enorme masa de basura mental y emocional que atasca nuestras mentes y convierte toda vida política y social en una enfermedad de masas. Sin esa limpieza doméstica no podemos comenzar a ver. Si no vemos no podemos pensar”.

Eras muy joven Barack durante la Guerra de Vietnam; tal vez no recuerdes la lucha del pueblo norteamericano por oponerse a la guerra.

Los muertos, heridos y mutilados en Vietnam hasta el día de hoy sufren sus consecuencias.

Tomás Merton decía -frente a un matasellos del correo que acababa de llegar, The U.S. Army, key to peace, “El ejército estadounidense, clave de la paz”-: ningún ejército es clave de la paz. Ninguna nación tiene la clave de nada que no sea la guerra. El poder no tiene nada que ver con la paz. Cuando más aumentan los hombres el poder militar, más violan la paz y la destruyen.

He compartido y acompañado a los veteranos de guerra de Vietnam, en particular a Brian Wilson y sus compañeros, quienes fueron víctimas de esa guerra y de todas las guerras.

La vida tiene ese no sé qué de lo imprevisto y sorprendente, de la fragancia y belleza que Dios nos dio para toda la humanidad y que debemos proteger para dejar a las generaciones futuras una vida más justa y fraterna; restablecer el equilibrio con la Madre Tierra.

Si no reaccionamos para cambiar la situación actual de la soberbia suicida, arrastrando a los pueblos a recovecos profundos donde muere la esperanza, será difícil salir y ver la luz. La humanidad merece un destino mejor.

Sabes que la esperanza es como el loto que crece en el fango y florece en todo su esplendor mostrando su belleza. Leopoldo Marechal, ese gran escritor argentino, decía que “del laberinto se sale por arriba”.

Y creo, Barack, que después de seguir tu ruta equivocando caminos, te encuentras en un laberinto sin poder encontrar la salida y te entierras más y más en la violencia, en la incertidumbre, devorado por el poder de dominación, arrastrado por las grandes corporaciones, el complejo industrial militar, y crees tener el poder que todo lo puede y que el mundo está a los pies de los EE.UU. porque impone la fuerza de las armas, e invades países con total impunidad. Es una realidad dolorosa, pero también existe la resistencia de los pueblos que no claudican frente a los poderosos.

Son tan largas las atrocidades cometidas por tu país en el mundo que daría tema para largo, es un desafío para los historiadores que tendrán que investigar y saber de los comportamientos, política, grandeza y pequeñeces que han llevado a EE.UU. al monocultivo de las mentes que no le permite ver otras realidades.

A Bin Laden, supuesto autor ideológico del ataque a las Torres Gemelas, lo identifican como el Satán encarnado que aterrorizaba al mundo y la propaganda de tu gobierno lo señalaba como el “eje del mal”, y eso le ha servido para declarar las guerras deseadas que el complejo industrial militar necesita para colocar sus productos de muerte.

Sabes que investigadores del trágico 11 de septiembre señalan que el atentado tiene mucho de “autogolpe”, como el avión contra el Pentágono y el vaciamiento anterior de las oficinas de las Torres; atentado que dio motivo para desatar la guerra contra Irak y Afganistán y ahora contra Libia; argumentando en la mentira y la soberbia del poder que todo lo hacen para salvar al pueblo, en nombre de “la libertad y defensa de la democracia”, con el cinismo de decir que la muerte de mujeres y niños son “daños colaterales”. Eso lo viví en Irak, en Bagdad con los bombardeos a la ciudad y el hospital pediátrico, y en el refugio de niños que fueron víctimas de esos “daños colaterales”.

La palabra vaciada de valores y contenido, por lo que al asesinato lo llamas muerte y dices que por fin EE.UU. ha “muerto” a Bin Laden. No trato de justificarlo bajo ningún concepto, estoy en contra de todo terrorismo, tanto de esos grupos armados, como del terrorismo de Estado que tu país ejerce en diversas partes del mundo apoyando a dictadores, imponiendo bases militares e intervenciones armadas, ejerciendo la violencia para mantenerse por el terror en el eje del poder mundial. ¿Hay un solo “eje del mal”? ¿Cómo lo llamarías?

¿Será por ese motivo que el pueblo de los EE.UU. vive con tanto miedo a las represalias de quienes llaman el “eje del mal”? El simplismo e hipocresía de justificar lo injustificable.

La paz es una dinámica de vida en las relaciones entre las personas y los pueblos; es un desafío a la conciencia de la humanidad; su camino es trabajoso, cotidiano y esperanzador, donde los pueblos son constructores de su propia vida y de su propia historia. La paz no se regala, se construye, y eso es lo que te falta, muchacho: coraje para asumir la responsabilidad histórica con tu pueblo y la humanidad.

No puedes vivir en el laberinto del miedo y la dominación de quienes gobiernan los EE.UU., desconociendo los tratados internacionales, los pactos y protocolos, de gobiernos que firman pero no ratifican nada y no cumplen ninguno de los acuerdos, pero hablan en nombre de la libertad y el derecho.

¿Cómo puedes hablar de la paz si no quieres cumplir con nada, salvo los intereses de tu país?

¿Cómo puedes hablar de la libertad cuando tienes en las cárceles a prisioneros inocentes, en Guantánamo, en los EE.UU., en las cárceles de Irak, como la de Abu Graib, y en Afganistán?

¿Cómo puedes hablar de los derechos humanos y la dignidad de los pueblos cuando los violas permanentemente y bloqueas a quienes no comparten tu ideología y deben soportar tus abusos?

¿Cómo puedes enviar fuerzas militares a Haití después del devastador terremoto y no ayuda humanitaria a ese sufrido pueblo?

¿Cómo puedes hablar de libertad cuando masacras a los pueblos del Medio Oriente y propagas guerras y torturas, en conflictos interminables que desangran a los palestinos e israelíes?

Barack: mira para arriba de tu laberinto, puedes encontrar la estrella que te guíe, aunque sepas que nunca podrás alcanzarla, como bien lo dice Eduardo Galeano.

Busca ser coherente entre lo que dices y haces, es la única forma de no perder el rumbo. Es un desafío de la vida.

El Nobel de la Paz es un instrumento al servicio de los pueblos, nunca para la vanidad personal.

Te deseo mucha fuerza y esperanza, y esperamos que tengas el coraje de corregir el camino y encontrar la sabiduría de la paz.

Buenos Aires, 5 de mayo de 2011

Un día como hoy, hace 34 años, volví a la vida; tuve un vuelo de la muerte durante la dictadura militar argentina apoyada por los EE.UU., y gracias a Dios sobreviví y tuve que salir por arriba del laberinto de la desesperación, y descubrir en las estrellas el camino para poder decir, como el profeta: “La hora más oscura es cuando comienza el amanecer”.

Los días después del sida

David Weissman, director y productor de We Were Here

30 años después, el documental ‘We Were Here’ muestra el exterminio que representó la expansión del VIH en San Francisco

Ricardo Ibarra

SAN FRANCISCO.— En el inicio de los ochenta, esta ciudad era una cama caliente para la libertad y exploración sexual entre parejas del mismo sexo. También lo era para un creciente movimiento político que marcó a la ciudad como “el modelo” a seguir para los ojos de una sofocada comunidad homosexual en el mundo.

Era pues un clóset sin puertas ni escondrijos. En ese contexto, y tras el asesinato del primer funcionario abiertamente gay de San Francisco, Harvey Milk, llegó la bomba virulenta del sida. Un virus desconocido que en un principio fue llamado “el cáncer de los gays”, que borró del mapa a tu amigo, los amigos de tus amigos y pronto sería una epidemia mundial con orígenes desconocidos.

We Were Here (Nostros estuvimos aquí) es el documental del director y productor David Weissman, quien vivió aquí esos días, y revive aquella época —30 años después de la enfermedad—con los testimonios de cinco personajes que arribaron a la ciudad antes de la epidemia, pero que sobrevivieron a nombres y rostros que se desdibujaron para tan solo incrementar los números mortales del VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana).

La charla ocurre en una oficina con videos VHS sostenidos en libreros anclados a las paredes y entre carteles de películas más bien noventeras que recientes. Weissman es alto, calvo y delgado, con la cara metida en unos lentes amarillos que reciben al extraño con amabilidad.

–¿Porqué abordar esta historia justo ahora?, se le pregunta.

–No ha habido ninguna película que yo conozca que sea posepidémica, quiero decir ese punto que brota la epidemia. Había sido muy temprano para reflejar esto. Necesitaba un espacio y tiempo para que la gente tuviera la voluntad de revisitar un periodo muy doloroso. La idea de revisitar un proceso emocional como esto es relativamente nuevo, creo. En algún grado resultó del surgimiento de los veteranos de Vietnam o las experiencias de los sobrevivientes del holocausto, es esa conciencia de preservar la historia, como una comunidad tratando de curarse después de una experiencia muy dolorosa.

–En el documental todos los personajes se quiebran en algún momento, ¿era necesario abrir el dolor?

–El casting fue lo prioritario en la cinta. Fue necesario escoger personas y encontrar quien en verdad tuviera el deseo de hacerlo, de revisitar esos años, de hacer escuchar sus historias, que ellos se escucharan a sí mismos contando su historia y tratar de ayudar al mundo con esto. Si yo tenía que convencer a alguien para que lo hiciera, quizá no eran las personas adecuadas para estar en la cinta. Y no fue fácil para mí como entrevistador ni para ellos como entrevistados. El proceso de la entrevista en sí fue de un dolor intenso y aún muy sanador y hermoso. Lo que las hizo únicas era que no eran entre un entrevistado y un entrevistador, entre alguien que no sabe y alguien que sí sabe, porque yo viví todos esos años aquí en San Francisco, así que las entrevistas ocurrieron más como una conversación entre dos personas que compartieron una experiencia común. De alguna manera eran sesiones súper intensas para ambos.

–¿Porqué te decidiste por esos cinco personajes en particular?

–No hubo ningún plan o teoría escrita de quiénes tendrían que ser los protagonistas. Sí quería que fueran pocas personas, porque quería que las entrevistas fueran muy profundas. Para que la cinta funcionara tenía que establecer una relación entre el espectador y la gente en la pantalla, y mientras menos gente mejor. Había una sola entrevista que pudo cubrir la película completa, porque era tan rica. Pero obviamente el balance es obtener algún grado de respiro y profundidad. Y eso es una negociación en el proceso de edición.

–¿Como fueron esos años para ti?

–Tengo unas cuantas hojas de papel en casa donde escribía los nombres de gente que conocía y que morían, y hay quizá 200 nombres en esa lista. Fueron tiempos difíciles de vivir aquí. Y considerando que esto sucedió cuando tenía 27 o 28 años, y siguió y siguió y siguió, no es como un huracán que sucede una sola vez, que ocasiona un trauma particular, esto era más como una nueva normalidad, donde esa vida normal se convertía en una terrible enfermedad, terrible sufrimiento y mucha muerte.

–El documental retrata esas primeras muertes, cuando había desconocimiento de la enfermedad, ¿cómo son los programas de salud ahora a diferencia de aquellos días?

–El principal problema en este país es primero que no tenemos un buen cuidado de la salud y eso no es solo un problema relacionado al sida sino para todos; no tenemos un cuidado nacional de la salud. La gente que se infecta del VIH son dependientes de los programas de gobierno que pagan este medicamento costoso y no hay garantía de que continuarán pagandolo. Cada año es una lucha y si las personas no pueden acceder a estas drogas morirán. La enfermedad no es menos fatal ahora, sino que es manejable. Lo segundo es la prevención, no hay nada cercano al pago de la prevención, porque la enfermedad aparenta ser manejable, pienso que la gente es complaciente respecto a su seguridad sexual y definitivamente no hay la atención adecuada para ayudar a que la gente evite contagiarse.

–Hay muchas teorías sobre cómo inició esto, la más extrema es que fue planeada y creada por el hombre…

–Yo ni siquiera quiero ir ahí.

–El movimiento gay en San Francisco tenía mucha actividad en esa época, ¿crees en alguna conspiración para detenerla?

–No, no quiero tener esa conversación. No creo que fue planeado, no creo en una conspiración. Creo que la respuesta del gobierno fue terriblemente inadecuada y basada en odio a la gente gay. La administración de (Ronald) Reagan fue criminalmente negligente al responder a la epidemia. Pero que si creo que alguien lo empezó, intencionalmente, para matar a alguien, no.

–¿Es Castro solo el lugar para salir de fiesta en San Francisco?, ¿ha terminado la lucha para la comunidad gay?

–Todavía no tenemos igualdad de derechos en la sociedad, todavía somos discriminados. La mayoría de la gente gay decide salir de sus pequeños pueblos y venir a las ciudades grandes porque no son lugares a salvo para ser abiertamente quienes son y esto es terrible. Todos deberían de tener las mismas posibilidades de vivir una vida plena, como sean y donde quieran estar, y estamos lejos de eso en esta cultura, y espero que los jóvenes sepan esta historia y que en algún punto luchen en contra de esto en algún momento. Pero la gente encuentra su camino, no puedes forzarlos.

–¿Cuáles serían esas luchas?

–Creo que necesitamos igualdad de derechos y punto. Si creo que el matrimonio es una buena institución o no es un problema por separado, así como estar en la milicia. El hecho de que nosotros como personas tengamos restringidos cualquier derecho que tienen los no gays es inaceptable y punto.

We Were Here tiene su estreno en el teatro Castro de San Francisco, a las 7:30 p.m., con acceso VIP desde las 6:00 y charla con el director al final de la presentación el viernes 25 de febrero. El documental estará hasta el 3 de marzo. Para consultar la cartelera visita: http://www.castrotheatre.com.